Por participar de un emprendimiento, al emprendedor le corresponde cobrar el interés, la amortización, el mantenimiento, los seguros y los impuestos inherentes a su capital inmovilizado.
Y al asalariado le corresponde cobrar su remuneración y los accesorios de ley.
Si aún después de pagar esos costos, quedan ganancias, serán mérito de todos los participantes del emprendimiento en su justa medida, es decir proporcionalmente a la potencialidad de cada uno.
Las ganancias se deben asignar proporcionalmente a esos costos fijos que cada uno de los integrantes del emprendimiento necesita para cumplir su diario rol.
Ello es así, porque la economía tiene la virtud de auto-regulación.
Significa que lo que cuesta cada participante es lo que se espera que rinda. Si rinde más que eso, lo hará en la medida de su potencialidad, es decir de su costo.
El que no debe participar es el Estado. El Estado debe financiarse con cualquier otro impuesto, ya que cualquier mengua en las ganancias tiene resultados nefastos en la actitud de los participantes de un emprendimiento.
Esas nuevas relaciones laborales no sólo acabarían con toda pobreza sino con toda dictadura, ya sea ésta liberal, socialista o corporativa.








Mar, 2006-10-24 00:21
A pesar del continuo fracaso de todos los sistemas ensayados sobre la Tierra, los populistas siguen insistiendo con que la pobreza puede erradicarse, procediendo a una redistribución presuntamente “más justa” de la riqueza.
Se cierran así al sentido común, no reconociendo que la mejor manera de combatir la pobreza es... creando riqueza.
Y parten de un concepto erróneo, porque representan a la riqueza como una torta a repartir, en donde, si alguien se lleva el trozo más grande, al otro no le quedará más remedio que conformarse con el más chico, y a un tercero, las migas...
Sin embargo, la realidad nos demuestra algo bien diferente: bajo determinadas condiciones políticas, la riqueza no hace más que crecer, y todos los individuos, en diferente medida, se benefician de tal crecimiento.
Pero los liberales están más equivocados aún cuando sostienen que los dueños de los emprendimientos son quienes deben administrar los excedentes de sus asalariados.
Lo que urge es un mecanismo por el cual se garantice que cada asalariado administre la riqueza que genere.
Lo peor que los líderes omiten decir, es que para llevar a cabo tal "redistribución de distintos colores" se debe recurrir a la coerción de las personas.
E invariablemente, en los ejemplos de los estados actuales, recurren a una extrema coerción física, mental y política, es decir, a la dictadura.
El Proyecto Prosperidad no sólo acabará con la pobreza sino con todas las dictaduras de cualquier signo
Argentina en Concierto