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FRENTE AL BOULEVARD ES LA COSA (LIBRO DE LEONARDO PEREIRA MELENDEZ)


By LEONARDO PEREIR... - Posted on 08 Enero 2008

LEONARDO PEREIRA MELÉNDEZ

FRENTE AL BOULEVARD ES LA COSA
(LETRAS, DERECHO, POLÍTICA)

EDITORIAL BERKANA
2004

A papá Chú y mamá Teresa, In Memórian .
A Jorge, Beatriz, Yorma, Daybo, Marisol, Luis, Raquelita, José Gregorio, mis hermanos en las buenas y en las malas.

A San Cristóbal, el pueblo de mis ancestros, pedazo de cielo, por ser mi pequeño Macondo.

Al Cerrito de la Cruz, donde habitan mis recuerdos.

“Si alguien me lee será por su propia cuenta y riesgo”

Clarice Lispector
(Un Soplo de Vida)

“¿Quieres conocer en qué consiste la tragedia de mi vida? Pues en que he puesto mi genio en mi vida; sólo mi talento lo he puesto en mis obras”
Oscar Wilde.-

Prólogo

–¡Es un provocador! –me dijo, casi al oído, un amigo, al tiempo que señalaba con la mirada a Leonardo.
Había escuchado mis palabras en el bautizo de su poemario Paloma de luto, y al recibir uno de los ejemplares se retiró del salón a leerlo, lo cual hizo de un solo tirón.
Le intrigaba comprobar si aquella poesía, ígnea e intimista, según dijéramos, contenía, en verdad, “imágenes desgarradas”, y era “tentación abrasadora, confesión escueta, lampiña; rubor flagrante”.
Aún medio abierto, el libro, recién desflorado, parecía morder con dientes de papel uno de los dedos que lo sostenían.
Tenía razón.
Miré a Leonardo. Él hablaba, cerca, con una pareja, y entonces me puse a pensar cómo es que podía habitar un alma espoleadora, atormentada, dentro de aquel cuerpo de aspecto tan calmo y llano.
Lo descubrí una semana después.
Con la culta mediación del Dr. Ramón Pérez Linárez, consumimos casi toda una noche entregados al fogoso repaso de autores –Poe, Quiroga, Kafka, Rulfo, Guerrero–, y pasando revista a una caótica sucesión de sentimientos, gustos y fobias, amores, alientos y caídas; en fin, a los entresijos de la vida que uno y otro dejamos detrás.
Supe, así, que el hablar de Leonardo está lleno de afonías casuales y de silencios premeditados, a modo de abigarrada galería en la cual se filtra más de un misterio, siempre a medio descifrar.
¿No fue Saramago quien nos advirtió que “en cada vida hay cielos e infiernos”?
En sus palabras, el odio –que desmiente al propio tiempo que desparrama soberbias maldiciones– parece agazaparse con la tibia sumisión del gato a los pies del comensal.
En sus ademanes, el rencor hacia quienes alguna vez lo han lastimado y traicionado, es apenas apagada referencia.
Sólo cuando escribe, y hace inventario de sus sentimientos, y se entrega al más solitario de los oficios, se proyecta él, de cuerpo entero, tal cual es, y revela, sin sujeciones, cada promontorio y cada hondura de su compleja alma.
“Soy un santo al que le gusta hacer el amor con diablas”, incita.
Sólo cuando narra, suelta, íntegras, las amarras de sus pasiones.
Erige en el papel monumentos de afecto con el mismo vigor y con la misma mano que demuele a fuerza de reparos los muros de todo lo que resulte –o se le antoje– absurdo.
De forma que la metamorfosis opera mediante la fragua del verbo escogido. Entonces el tímido Leonardo Pereira Meléndez se torna fiero y temible polemista.
¡Hasta se lamenta del antagonista que perdió, al reconciliarse con un ilustre colega suyo, el abogado Oscar Ferrer Carrasco!
Las páginas de Frente al bulevar es la cosa, a cuyo augural parto editorial hoy asistimos, son un lúcido ardor de desenfados.
Línea a línea, destila ansias y exaltaciones, alarmas y reproches, fatigas y perplejidades, olimpos y avernos.
Puntualmente, este libro es un nuevo ejercicio confesional. Es –ya lo corroborará usted– una pintura, una copia, al calco, de lo más hondo de los paisajes interiores del insomne espíritu de este joven y cultivado autor.
Particularizo, y pongo de relieve, su patente sed de justicia y de probidad. Las acequias de humanismo que corren frenéticas por sus venas, y tocan a cada instante las puertas de un corazón elevado. Asimismo, elogio el altar en el que rinde culto a la bondad, a la decencia, y al amor por el terruño.
Todo eso, al gusto y estilo de la terrible Oriana Fallace: en cada juicio deja jirones de su alma.
Digamos por último que él, en absoluto se molesta en procurar unanimidades, ni asentimientos livianos.
Leonardo acicatea hasta el agotamiento.
De entrada, se apoya en Lispector para advertir que la lectura de su obra es “a cuenta y riesgo” del interesado.
Que nadie reclame siniestros, pues.
No lo haré yo por haber tropezado con el punto en el cual jura no creer en revoluciones, dicho así, en genérico, metiéndolas todas en un mismo saco, para abrigar unas páginas más adelante alguna esperanza respecto a que un tirano preservador de un régimen de groseras impunidades, “limpie al país de corruptelas”.
–Es un provocador –me aquieta el recuerdo de la voz de aquel día.

José Ángel Ocanto
Barquisimeto, 2004

OSCAR FERRER CARRASCO

Es Oscar Ferrer Carrasco la amistad convertida en credo. Nadie puede decir lo contrario. En los acontecimientos diarios de la comarca, se le ha etiquetado de mujeriego, bebedor de caña y hombre de bien. Y ¿quien no queda vislumbrado en estas áridas tierras, quien no queda, digo, prendado de la belleza de la mujer torrense y no ahoga los fervores del calor ardiente con el manantial vital que venden en El Páramo y en La Chimpolera? También yo, de cuando en cuando, me doy mis escapadas. Pero en lo personal, de lo que nunca podrá decirse de Oscar Ferrer Carrasco, ni siquiera podría pensarse, que es un hombre falso. Tenerlo de amigo es un honor, y, tenerlo de enemigo, para cualquiera persona, es una honra. Como litigante jamás atropella a su contrincante con indignantes estrategias muy comunes en el abogado de hoy en día. Una expresión suya, y que yo he tomado para mí, en una conferencia dictada ha tiempo en los salones de la Sociedad de Ganaderos de Occidente, explica por sí sola, por qué el alma de ese abogado con voz de montaña silvestre, es aliento y sublime como las aguas del Morere: “Yo sólo soy un hombre de campo”. Esa es la palabra de un hombre que ha triunfado como productor agropecuario, que ha logrado establecerse como un gremialista a carta cabal, de condiciones envidiables; esa es la voz sincera de un hombre que ha sido y será siempre un excelente profesional del derecho, que ha conseguido sin proponérselo, en sus casi cuarenta años de graduando, desempeñarse en áreas distintas, ora como Magistrado, ora como Fiscal del Ministerio Público, ora como loable penalista, quien junto a los estimables Doctores Francisco Daniel Meléndez y Ángel González Lameda, ha más de una década, asumió en sus manos, los más sonados y valiosos casos del estado Lara; esa es la voz de un hombre que quiere ser recordado, simplemente, como “un hombre de campo”. Desde entonces y mucho más, desde los tiempos en que era el abogado de mi familia, he admirado al hombre honrado y trabajador perseverante y amante de la tierra que nos proporciona el fruto del diario vivir. El Colegio de Abogados de Carora existe porque, un joven recién graduado en leyes, en la Universidad de Carabobo, llamado “El Toro Ferrer”, logró reunir aun grupo de abogados caroreños, y pedirle nada menos que al Dr. Rafael Caldera que fuera padrino de la fundación de nuestro Colegio.
No conozco otro abogado que se haya preocupado tanto por nuestro colegio. Oscar Ferrer Carrasco tuvo el misticismo mágico de eternizarse en el pasado, presente y futuro de Carora. En todo el trayecto de su vida como hombre apegado a las buenas costumbres, está latente el padre amoroso, el hermano solidario, el hijo que desemboca toda su ternura en los brazos de su madre, el amigo fiel que no habla ni le desea mal a nadie. Cierto que es el caudillo que más ha perdurado. Pero el crisol del tiempo ha demostrado que el Dr. Oscar Ferrer Carrasco, es un hombre que quiere y ama con fervor inusitado estas tierras calurosas que no descansa en luchar por el engrandecimiento y el proceso de la ciudad, instituyéndose en un autentico ejemplo para la juventud que cree en los valores humanos. Un hombre equilibrado debe saber escoger a sus amigos y a sus enemigos. Cecilio Acosta, por ejemplo, polemizaba, únicamente, con Ildefonso Riera Aguinagalde.
Un hombre inteligente cultiva la tierra, convive con la naturaleza, acepta a Dios como el creador supremo, predica humildad, rinde honores al vino, como buen apóstol, y se rodea siempre de hermosas flores con piernas de gacela.
Quiero hacer una confesión, en esta pequeña nota: tengo pavor por el hombre abstemio. Un poeta, un escritor, o un abogado abstemio es pavosísimo. Por eso, nunca he dejado de leer a Whitman, Kierkegaard, a Orlando Araujo y Ludovico Silva, por decir lo menos.
Iba a decir que en el Dr. Oscar Ferrer Carrasco, se configura orgánica y espiritualmente la virtud y la gloria del hombre inteligente, pero me he desviado. Ha tiempo polemicé públicamente con el Dr. Oscar Ferrer Carrasco. Sendos regaños obtuve de mis amados padres. Menos mal que mi madre sabe que en ocasiones, al mejor estilo de Charles Baudelaire, “he sido víctima de crisis e impulsos tales, que nos autorizan a suponer la existencia de demonios maliciosos”.
Por eso es mejor decirlo de una vez: mucho me han hablado de Oscar, el Juez; Oscar, el Fiscal; Oscar, el educador (en sus años mozos impartió clases en el Liceo “Egidio Montesinos” de Carora); Oscar, el Ganadero; Oscar, el Abogado; Oscar, el Gremialista. Yo prefiero hablar de Oscar, el amigo; del enemigo que me hace falta (ahora ya no tengo con quién polemizar); del hombre que se siente orgulloso, de ser, como yo: un hombre de campo.

LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL.

Así como no se concibe la existencia de un Estado de Derecho – y Estado Social – en un régimen que no sea democrático, no podemos inculpar a nadie de ser autor o copartícipe de un hecho punible sin las garantías básicas del proceso penal: juicio previo y debido proceso. Normalmente el debido proceso es pisoteado y conculcado las más de las veces por los operadores de la administración de justicia. Con pocas excepciones-- pero las hay-- existen jueces que cuando oyen hablar del debido proceso, hacen mutis y deslizan una “Instructiva” sonrisa. ¿Para qué sirve una Constitución?. Hablamos de enmiendas, de reformas, de hacer una nueva Constitución Nacional. ¿Para qué?. O como diría el Dr. Carmelo Borrego: “¿Qué sentido tiene una nueva Constitución?”. Esta garantía constitucional, la de ser considerado y tratado durante el proceso penal como inocente, es controvertida: para algunos no debe ser considerada como presunción, sino como un estado de inocencia. También la libertad de estar debidamente informado es una garantía constitucional, muchas veces tergiversada, por los propios comunicadores sociales, o medios comunicacionales. La libertad de información es, ciertamente, “un derecho de la sociedad en general como de los ciudadanos en particular, de estar bien y oportunamente informados” lo que no quiere decir que el periodista se erija como magistrado opinando sobre la inocencia o no del sindicado o procesado. Si el imputado es fotografiado sin su consentimiento expreso, no solo se viola la Constitución Nacional, sino que es expuesto al descrédito y odio público, haciéndosele aparecer como culpable cuando aún no ha ido ni siquiera a juicio. Cuando el fablistán actúa de esa manera, irresponsablemente, contribuye a crear “estereotipos criminales lo que conduce a que se presuma delincuente a todo detenido” .
El derecho a la vida privada, el derecho a la intimidad, no importa. “Lo que importa es lo que puede representar el hecho en cuestión al periodista, al periódico y a los funcionarios policiales, quienes con ello son los únicos que resultan beneficiados” .
Que la libertad de información y la libertad de expresión constituye un derecho humano, nadie lo pone en duda. Pero, ¿podríamos hablar de objetividad y de información veraz, cuando se condena anticipadamente, ante la opinión pública, a una persona, vulnerándose el derecho de presumírsele inocente hasta prueba en contrario, cuando el emisor no ha sido totalmente imparcial?.
En mi opinión el periodista tiene el deber de informar, pero sin constituirse en juez; tiene el deber de informar, pero con objetividad; sin manipular la verdad real, sin hacer alarde de un burdo despliegue publicitario que si bien influirá en el ánimo del magistrado a la hora de decidir; no contribuye en nada en la búsqueda de la verdad y el establecimiento de ella a través de pruebas lícitas, que es, en definitiva, el fin de todo proceso penal.

CORO: BELLEZA Y PLACER

Ni cuando subía al Cerrito de la Cruz, en mis tiempos de muchacho, a elevar papagayos, vi tanta belleza junta. Quien ha visitado Los Medanos de Coro percibe y entiende mi revelación nórdica e inequívoca. Una hermosa gacela cuyo nombre se escribe con sabor a mar me sugirió llevar vestimenta ligera. No sirvió de nada la recomendación. Mi manía de andar vestido como un “Dandy”, al mejor estilo de Oscar Wilde, ese gran genio cuya sociedad puritana y podrida de su época nunca le perdonó su talento, tempranamente, al sentir el sol falconiano, me trajo un presentimiento: ¡Dios existe!. Y aquí está la prueba: un cielo perlado opuesto a la fortaleza de la arena semoviente, me hizo recordar a Ludovico Silva, otro gran escritor, cuya sociedad venezolana, jamás le perdonó su sapiencia y don de gente: “...es inconcebible un poeta que no crea en Dios, en los ángeles y en los milagros”. Y yo, tenía a mi lado un ángel cuya misión era seducirme. Me llevó a conocer La Vela de Coro, en cuyo puerto, a orillas del mar bravío existe un monumento de Don Francisco de Miranda, Generalísimo como él sólo, o quizá, hasta que nuestro sabio revolucionario Hugo Chávez Frías, se le ocurra otorgarle a uno de sus adláteres, tan preciado e inmortalizado título. “¿Por qué lloras?” me preguntó un amigo que llevé conmigo para que me ayudara a manejar y así paliar éste maldito dolor lumbar que vengo padeciendo: “Si supiera Francisco de Miranda en qué han convertido su patria: ahora más que nunca lucharía por libertarla”, atiné a decirle, a mi amigo, quien, frunciendo el ceño –es chavista hasta los teque-teque – me dijo: “¡Qué vaina, tienes razón!”. Pero a mí, particularmente a mí me tenía enloquecido la exaltada humildad que tiene esa gente de Coro. “¿Quieres conocer “Paramito?” me preguntó el pequeño ángel que Dios me había mandado. Yo tenía en mente escribir un poema.
Pero como sentía la presencia de Dios me pareció un sacrilegio. Caminé por esas tierras calientes, donde el cactus y la lefaria me transportaban a mi Carora de siempre. “Aléjate de los demonios”, me aconsejó ese tierno ángel cuyas manos gesticulaban platónicamente.” No puedo”, le dije .“El diablo soy yo”. Conocí lugares exóticos que hicieron sentirme como uno de los personajes de la novela “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. “Yo ya no espanto. Oigo el aullido de los perros y dejo que aúllen” me pareció oír a Damiana Cisneros, mientras atravesaba el caluroso pueblo de Comala. Al tiempo que yo descubría la existencia de Dios en la mirada de mi ángel, seguro estaba—estoy-- que tengo ganado el infierno. En Coro mucha gente almuerza como héroes de batallas, y para más señas, degustan el mejor chivo asado que hay posiblemente en toda América Latina o Hispanohablante, como gústele llamar quien tenga vocación de historiador. Por primera vez no sé qué escribir ni cómo explicar tanto placer. Mis pecados son pocos. “¿Cuando vuelves?” Quiero decir: “Gracias” y un tal Rainer María Rilke me recuerda: “Todo ángel es terrible”

Nota Bene: Mi eterno agradecimiento a la familia Olivera- Palencia, en cuyo hogar se respira paz, amor y tranquilidad.

ENFOQUE JURÍDICO

Desde muy temprana edad, mi madre me enseñó a decir siempre la verdad, sin miedo y sin complejos de ninguna índole, a diferenciar al amigo verdadero del amigo apócrifo y fariseo. Por eso, no me tiembla el pulso para decir que muchos maniáticos aún no han comprendido el sentido histórico de la renovación. Particularmente me disgusta la hipocresía. Sobre todo las desventajas. Huyo de la polémica estéril. Me produce lástima ver a personas que antes estimaba y consideraba inteligentes, padecer de la mezquindad del hombre mediocre. Hoy en día cuando Venezuela atraviesa una crisis que desgarra el alma de nuestros libertadores, estamos obligados a permanecer más unidos que nunca. Apartar el egoísmo y la envidia manipulada en aras del beneficio colectivo, es decir: del bien común. Si la cultura - en este país- no tiene amigos, los hombres de espíritus trabajadores escasean, y, si bien somos un país donde abundan las contradicciones, a pesar de todo, surgen algunos hombres que merecen ser llamados para recordar a Don Chío Zubillaga Perera, “Próceres del Trabajo”. La desidia y la burocracia no desgana al hombre honesto, decente, humilde y luchador. Porque sueña con un mundo mejor. Lucha por un país mejor. Trabaja para una nación mejor. Leyendo “Reflexiones sobre la República” de Teódulo López Meléndez, necesariamente sentimos que “nadie quiere dar nada”, porque hemos sido egoístas con el país, exigimos pero no damos nada, y así vemos que “no quieren dar nada los gremios encerrados en una defensa a ultranza de sus asociados y sus intereses”, en una especie de obstinación crónica, tal vez sin percatarse que se le hace daño al país con esa actitud desenfrenadamente antisocial. Por eso, cuando la actual junta Directiva del Colegio de Abogados de Carora, presidida por los doctores Oscar Ferrer Carrasco, Emilio Betancourt y Jaimo Rodríguez, deciden celebrar el Vigésimo Quinto Aniversario de la Fundación de nuestro querido e ilustre Colegio de Abogados, y como quiera que se debe honrar en vida a los hombres que sirven desinteresadamente, con pulcritud y honestidad, que bien merecen el aplauso de sus colegas y ser motivo de imitación, debo decir para que se sepa, que un grupo de abogados preocupados por el acontecer del país, por el crecimiento de nuestro colegio y la unión de sus agremiados, encabezados por el Dr. Francisco Daniel Meléndez, que si bien la idea de publicar una revista surgió del viaje que hizo un grupo de colegas a la población de El Vigía, específicamente a la Delegación del Colegio de Abogados de esa localidad, cierto que fue él, quien propuso que el Colegio de Abogados de Carora, tuviera su propia revista. Sin embargo - es justo decirlo – la ardua tarea de llevar a cabo dicha acción, recayó en un selecto grupo de noveles abogados, presidido por quien esto escribe, totalmente desinteresados en obtener algunas prebendas personales, quienes trabajamos con el deseo de construir un mundo mejor. Y gracias a la colaboración de todos los miembros del Colegio de Abogados de Carora, aunada a la de algunos empresarios y comerciantes, que nos apoyaron, el día 11 de noviembre del presente año, nació para hacer historia, la Primera Revista del Colegio de Abogados de Carora, que lleva el pomposo título de “Enfoque Jurídico”. Realmente me hubiera gustado nombrar a todos los abogados y demás personalidades que intervinieron, de una u otra forma, en la magna producción de este órgano divulgativo, pero el tiempo y la emoción, no me lo permitieron. A causa de eso han pedido mi fusilamiento; no obstante, como el Gral. Manuel Piar no huyo, sino que abro mi camisa y digo, en voz alta y sin miedo: ¡Disparen! La historia, a la larga, será la que juzgue nuestros actos. “Enfoque Jurídico”, estará destinada a la difusión de los más recientes valores venezolanos en el campo de las ciencias jurídicas. En su primera edición “Enfoque Jurídico” sale a la palestra pública formada por varios trabajos, científicos, jurídicos y culturales, que indudablemente el lector sabrá apreciar. “Aproximación a la obra jurídica de Ambrosio Oropeza”, de Jesús Rolando Aponte Pinto; “Las Prestaciones Sociales”, de José Beltrán Vallejo; “El Ejercicio Profesional del Abogado y las nuevas disposiciones del Código de Procedimiento Civil en materia de Ética”, de Manuel H. Morales; “El Jornalero del Derecho”, de Francisco Daniel Meléndez; “El Programa de Estabilización y Recuperación Económica (PERE), alternativa para solucionar la crisis”, de Cruz Mario Ávila Alvarado; “Un llamado a la esperanza”, de Hermes Chávez Crespo; “Sobre la Dra. Nancy Perfetti de García”, de Leonardo Pereira Meléndez; “Tus Derechos”, de Iris Camacho Morales; “Notas sobre la historia del Colegio de Abogados del estado Lara”, de Francisco Cañizales Verde; “Chanita Colombo, uno de los amores de Bolívar”, de Noris Hernández; “Algunos aspectos relevantes en la Ley Orgánica del Trabajo, en relación a los procedimientos de estabilidad laboral”, de Tomás Suárez Gavidia; y, “¿Reforma del sistema de prestaciones?”, de Gustavo Márquez. Por eso, sin falsas modestias, decimos que si “Enfoque Jurídico” contribuye medianamente a la difusión del pensamiento jurídico, la misión del Colegio de Abogados de Carora, se dará por satisfecha.

LA CONFESIÓN COMO MEDIO DE PRUEBA EN EL COPP

A Nelson David Mujica

Como se sabe, en nuestro sistema procesal penal actual, la acción penal corresponde al ministerio público, o mejor dicho, pertenece al Estado, que la ejerce a través de la Vindicta Pública, tal y como lo afirma el Dr. Ramón Pérez Linárez* en su obra “Derecho Procesal Penal” 1 “Los fiscales la iniciarán de oficio y por consiguiente están obligados a ordenar y practicar toda clase de pruebas que lo lleven a esclarecer la verdad de lo ocurrido”. Cree el Dr. Pérez Linárez, que por tales razones , “en materia penal no existe carga de la prueba”, por que si el fiscal – acusador de buena fe- “puede suministrar elementos de inculpación”; el imputado o acusado también puede suministrarle al Juez “elementos que lo orienten al descubrimiento de la Verdad”. Si es una obligación del Estado aportar las pruebas que demuestren la inculpación o exculpación del imputado, no hay carga alguna. Pero, si lo vemos desde el punto de la responsabilidad que tiene el Estado con la sociedad en el sentido que ningún hecho delictuoso quede impune, ello es una carga para el Estado. Francesco Carnelutti tenía la percepción de que el medio de prueba no era sino la actividad del juez mediante la cual busca la verdad del hecho a probar, y la confesión como tal, era otrora el medio de prueba más importante para demostrar la verdad dentro del proceso penal. Cierto que nuestro Código Orgánico Procesal Penal no destaca la confesión como medio probatorio, pero “si dispone en una forma insistente las garantías y derechos del procesado”2 estableciéndose que el imputado tiene derecho de declarar cuantas veces lo desee, en cualquier fase del proceso, no sólo ante el ministerio público sino ante el Juez, ora el de Control, ora el de Juicio. La confesión tiene que ser plena, ya que, en el Derecho Procesal Penal Moderno, la idea de Indivisibilidad no es admisible.
La confesión es una prueba. Sin embargo, la doctrina ha determinado que sí el imputado admite el hecho punible para obtener algún beneficio, verbigracia, la suspensión condicional del proceso, y admite por ende, los hechos imputados, no es una confesión propiamente como tal, “porque en este caso el imputado busca la solución anticipada de un conflicto”3 teniendo interés en resolverlo, tanto el Estado como el imputado; por lo tanto, su declaración “no es para que en el fondo se le considere culpable, sino para obtener un régimen especial o el adelanto de una sentencia”4. En nuestra opinión la declaración del imputado admitiendo los hechos en forma libre y voluntaria sin coacción alguna, constituye una confesión, y así debe tomársele, sin olvidar que existen tratados y convenios internacionales sobre derechos humanos, que reconocen el derecho de defensa, y de gozar de un estado de inocencia. También, en dichos acuerdos internacionales se le reconoce al imputado el derecho que tiene de admitir que ha cometido un delito, bien sea como autor o copartícipe, y la posibilidad que tiene de buscar con ello una atenuación de la condena. No en balde, la Carta Fundamental señala que: “la confesión solamente será válida si fuere hecha sin coacción de ninguna naturaleza” (Art. 49, Ord. 5to CRBV). Luego, la declaración espontánea del imputado, aún admitiendo los hechos para lograr un beneficio, es una confesión. El imputado no está obligado a decir la verdad, ni a aportar información alguna. Nadie puede ni debe constreñirlo a declarar en su contra; si éste ha sido presionado, debe entenderse que su declaración no tiene validez. El objetivo del proceso penal no es provocar la confesión del imputado. Esto no significa en modo alguno que el imputado no tenga potestad de confesar. Si desea confesar su participación o autoría en el hecho que se le incrimina, puede hacerlo; pero esa voluntad, es, como lo afirma el Dr. Alberto M. Binder, “personalísima”, en otras palabras, “no puede ser inducida por el Estado de ningún modo”5. Si el imputado ha admitido los hechos, la realización del juicio oral es inútil. De acuerdo. Pero no siempre es conveniente prescindir del juicio oral, aun cuando el imputado haya admitido los hechos. Me explico: cuando el imputado no ha tenido una defensa técnica realmente, no ha contado con el asesoramiento legal adecuado, en situaciones como éstas, es recomendable que el Juez de Control desestime, rechace la admisión de los hechos, y ordene la apertura del juicios oral y público, pues, si bien desconoce la voluntad del imputado, un Juez estudioso, consciente, preocupado por redefinir los hechos investigados y reconstruir la verdad, aunque sea la “verdad forense”, debe recordar que a pesar de su confesión, “ese imputado sigue teniendo el derecho a un juicio previo, realizado con todas las garantías judiciales; y la sociedad, por su parte, necesita y reclama que la justicia se siga impartiendo a través de jueces independientes y de juicios públicos”.6 No podemos obviar que existen abogados rebuscadores de “casos” que por ganarse unas “cuatro lochas” le recomiendan a sus patrocinados “Admitir los Hechos”, y así no estudian ni analizan la causa que ha dado origen a tales imputaciones por el ministerio público. Hay múltiples razones por las cuales el imputado decide “confesar”. No voy a analizarlas. Ello quedará para otra oportunidad. Debo decir, sí, que muchas veces quien confiesa, declara o admite el hecho por el cual es juzgado, no es culpable. El Juez se limita siempre a aplicar el derecho, sin ejercer normalmente el poder penal, que la sociedad le ha concedido, para “Administrar justicia”.

LAS ESTRELLAS CONFINAN UN DRAMA

A Maritza Herrera, mi fiel secretaria.

La envidia mata más que el hambre. Por ello yo nunca he envidiado, envidio, ni envidiaré a nadie. Lástima que haya abogados – no todos – llenos de envidia carcomida que gruñen y se molestan cuando a los noveles abogados les llegan trabajo. Pero eso es harina de otro costal. ¿Cómo y qué escribir sobre libros que no se han leído? Preferiblemente, hablar sobre los que ya conocemos. Tarek Willians Saab, amigo personal de quien escribe, es un poeta revolucionario en todo el sentido de la palabra.
Desconozco si su amor por la “revolución” (entre comillas, porque nunca he creído en revoluciones) le viene de su vinculación amistosa nada menos que con Douglas Bravo, el General de los Guerrilleros. Tarek y yo nos conocimos en la Ilustre Universidad Santa María. Ambos estudiábamos la rama de Couture. Su libro Los ríos de la ira ganó Mención Especial en el Premio de Poesía de la Revista Ko’eyú Latinoamericano y Mención Especial en la III Bienal-Corpollanos. “Los ríos de la Ira”, poema cruel, sangriento, y, al mismo tiempo, romántico, se inicia con este verso tajante: “Hoy he dormido con el alto sol en la cama”. Más adelante Tarek demuestra que no hay poeta sin erotismo: “Tu me viste dormir por meses sin ropa, sediento”. Gustavo Pereira – prologuista - tiene la duda de si Tarek continuará siendo poeta. Pero yo pienso que su poesía vibrará por largos años en la Venezuela contemporánea. Juan José Saer llamó poderosamente mi atención. Pocos poetas lo han hecho. Es más novelista que poeta, y eso se deja entrever en El Arte de Narrar, libro bellamente escrito en una prosa lúcida y brillante, espiritual y humana, libro escrito por un hombre anticonvencionalista a quien no le tiembla el pulso para escribir: “Lo pasearán como a una puta decrépita, de país en país, siempre medio borracho, saliendo de su casa al mediodía, despertando al amanecer en alguna embajada, en algún prostíbulo, en la Nación; la certidumbre de su genio tendrá valor de cambio otra vez y bastará ponerlo frente a una hoja blanca, en medio de una orgía, para que salga uno de esos sonetos de cuyas raíces únicamente él tiene el secreto”. Juan José Saer se refiere a nadie menos que al gran autor de Azul y Prosa Profana, Don Rubén Darío, el Maestro y Padre del Modernismo. Todo hombre tiene imaginación. Pero sólo a algunos les es dado el privilegio de describir con palabras extrañas lo que han imaginado. Yo creo que estos son los rapsodas. Es más: creo que únicamente por esto lo son. La portada más bella que han visto mis ojos la tiene el poemario de Willians A. Hernández: Las estrellas confinan un drama, editado por Taller de Letras Senderos Literarios. El título de la portada-cuadro- lleva por nombre: “visión a un futuro incierto” de la pintora Belén María Requena Martínez. El panorama refleja la explosión de una bomba atómica, la destrucción casi total del género humano. El rostro de un hombre deformado y afectado por la radioactividad. Y lo más hermoso: una mujer desnuda, embarazada, viva, con ganas de seguir viviendo, que sobrelleva una triste realidad: la continuación de la raza humana, la misma que se destruye (destruimos o se destruirá algún día) gracias a la envidia, al odio, al egoísmo, que carcome al hombre por dentro. Influenciado sin duda alguna de la poesía de Vicente Huidobro (1893-1948). Su poema “Exprés”, leído por mí una madrugada en que me acostaba borracho, me hace pensar que “La calle espera por mí” y “Prisión sin nombre”, poemas salidos de la pluma romántica de W.A.H., tienen una severa influencia no sólo de Vicente Huidobro, sino también del cubano Nicolás Guillén. La prosa, campechana y presumida, dúctil y llana, supera en grado sumo el verso de Willians A. Hernández, caraqueño nacido el 15 de junio de 1963, conferencista a nivel de secundaria, padre de otros dos hijos: Mis versos de autonomía, sentimentales para mi pueblo (1981) y “El rondar sin rumbo (1984) dedica su libro “a todas aquellas personas a las cuales nunca le han dedicado ni siquiera un olvido”. Yo lo hubiera dedicado a los muertos de hambre.

HABLEMOS SOBRE GLADYS SEGOVIA GUERRA

(Nota: El presente artículo lo escribí hace algunos años , después de que el Ilustre Concejo Municipal de Torres despidiera con un lindo y merecido homenaje a la Lic. Gladys Segovia, entrañable amiga. Sin embargo, jamás fue publicado, hasta la presente fecha .Hoy lo público con profunda tristeza como gesto a la amistad que Gladys prodigó a mi familia.)

Cuando nos conocimos ambos tuvimos conceptos distintos sobre nuestras personalidades. Nos equivocamos. Empero, luego comprendimos que cada uno, por su lado, luchaba por el mismo ideal: construir un mundo mejor. El arte tiene múltiples facetas y Gladys supo que el erotismo y la poesía sexual forman parte del universo literario. Si no, que lo diga ese extraordinario escritor que es Blas Perozo Naveda: “La literatura es para hacer con ella lo que a uno le de la gana” y el periodismo no escapa a la belleza de la poesía. Quizás por ello nos es imposible escribir sobre Gladys - pequeña estrellita con voz de mariposa – sin ahondar no sólo en su personalidad espiritual, fuerte, luchadora, capaz de enfrentarse a cualquier obstáculo con tal de hacer valer la verdad. Nos es imposible escribir sobre Gladys, digo, sin recordar la límpida mirada de sus hermosos ojos.
Su amor por el profesionalismo bien logrado, por estas tierras que nunca la olvidarán, nos hace pensar—como diría Pablo Neruda Orinoco-- que la noche camina en el día sin zapatos, cayéndose en el suelo sin caballo ni sombra, en el orbe moreno de su lindo rostro. En el transcurso de estos seis años, Carora comenzó a quererla y a tenerla como hija adoptiva. Por ello la Municipalidad torrense le otorgó el 27 de junio – Día del Periodista - el Premio Municipal mención Comunicación Social, ratificando un vez más sus dotes de mujer culta e inteligente, abnegada madre, y eficiente trabajadora social. Sin duda alguna, de continuar Gladys con sus principios éticos, con sus ganas de seguir luchando por el bienestar larense, su nombre tiene ganado un puesto de honor en la Historia del Periodismo Larense.

Carora, a la larga, no olvida a quienes han luchado por su progreso y desarrollo. Reconoce sin mezquindades el trabajo de quienes han tenido como norma la honestidad y el buen comportamiento, por encima de la apatía, indiferencia y ociosidad. Nunca podrá decirse que Carora olvidó reconocerle a Gladys Segovia, su espíritu selecto y delicado, su insobornable conducta, pero sobre todo, su eficiente oficio de periodista.
Se inició en el diario El Impulso de Barquisimeto. Fue la primera corresponsal que el decano de la prensa occidental tuvo en su Ciudad natal. Mi Madrina, Doña Chincará Suárez, la recibió en el seno de su hogar, como a una más de sus hijas. Allí Gladys comienza a sentir el calor fraterno del caroreño. Asimismo, Carora, comienza a sentirla como hija suya. No pocas veces recibió el Premio Nacional “Diablo de Oro” de Carora, por su cordialidad y entendimiento en el área del periodismo. Han sido, ciertamente, muchos los agasajos y homenajes que esta hermosa fablistana ha recibido por su consecuencia y sincera simpatía. Ahora se va de Carora. Con la frente en alto y con las manos limpias , como suele decir mi madre, Doña Gregoria Meléndez. No obstante, Gladys, en su discurso de agradecimiento pronunciado en la Cámara Municipal, se encargó de decirnos que no se irá de Carora como lo hizo el Fraile Riera Aguinagalde, “Papá Poncho”, quien sacudió sus cotizas al abandonar a Carora, sino que , por el contrario, ella dejará las suyas en la entrada de Carora para cuando regrese a la tierra de los cabezones, vuelva a sentir por las tardes, el soleado aire caluroso que embarga poéticamente a propios y extraños. En estos momentos en que te despides de Carora, Gladys, se me viene a la memoria un verso de un querido amigo: “¿Cómo se escribe el deseo de irse?” Tarek Willians Saab nunca me lo dijo. Pero de todas formas, Gladys, permíteme expresarte nuevamente mis congratulaciones por tan merecido galardón, y recuerda que aquí en Carora, tienes un poeta – sí, no lo olvides – erótico, que es tu amigo.
POLÍTICA: LUJURIA SALVAJE

(A mi dilecto amigo, Javier Oropeza y a su padre Don Francisco Juan Oropeza, a quien profeso alto afecto)

Con una flexibilidad increíble, y por demás insólita, estamos percibiendo cómo el poder político se traga al Estado. En el año 1992, en una crónica volandera señalábamos que Venezuela no era más que un hato manejado por no más de cincuenta personas. Ahora, desde el pasado año 2002, esos mismo grupos económicos pretenden globalizar las competencias del Estado. Son los mismos grupos oligarcas que manipulan al pueblo con reflexiones apócrifas y pequeños ensayos superfluos.
Alimentan al pueblo con mentiras y a través de los medios de comunicación tergiversan la verdad. No nos atrevemos a convalidar y menos a estas alturas, comportamientos impetuosos, sicalípticos y éticos, que nos recuerdan nuestro origen animal. Pero ¿cuál fue el aspecto meritorio de los gobiernos suscitados del pacto político puntofijista?, ¿cuántos no vivieron del Estado sin aportar nada? Quienes hoy hablan de la desgracia ocurrida el 11 de abril del pretérito año y del paro-sabotaje, cuyos padres: Carlos Ortega, Carlos Fernández y Juan Fernández, algún día, tendrán que responder a la historia, olvidan los caídos bajo los regímenes de Betancourt, Carlos Andrés, Rafael Caldera y Jaime Lusinchi, sí, ese mismo, el que se atrevió a decir que “La banca internacional lo había engañado “. ¿Cuántos muertos no pesan sobre las espaldas de Carlos Andrés Pérez? Y nadie, que la historia recuerde, hizo vigilia para que dichos crímenes no quedaran, como en efecto quedaron: impunes. Nadie habla sobre los grandes créditos agropecuarios concedidos por Carlos Andrés Pérez y que la oligarquía nunca canceló. Esculcar la llaga del pasado no le conviene a quienes hoy pregonan la violencia. Ciertos grupos económicos han logrado, parcialmente, manipular la uniformidad familiar del pueblo venezolano. Se niegan a aceptar que perdieron el disfrute goloso de los privilegios que durante más de cuarenta años tuvieron a merced del pueblo. Por lo general para recordar a Teódulo López Meléndez: “Se necesita valor para afrontar las presiones de todo signo”, y mucho valor ha tenido el Presidente de la República, Hugo Rafael Chávez Frías, para afrontar las presiones de los poderosos grupos económicos oligarcas que pretenden seguir manejando al país como si éste fuera un simple hato familiar: No es conveniente retroceder, los dueños de los canales privados de televisión (no olvidemos que uno de ellos, Gustavo Cisneros, es íntimo amigo de Bush padre) han ensoberbecido al pueblo y no hay nada más peligroso que minimizar al pueblo. En el presente gobierno, ciertamente se han cometido desaciertos, pero comparados con los traspiés de los gobiernos pasados, representan tan solo un minúsculo granito de arena en comparación con el gran desierto de los cuarenta años del Puntofijismo.

CRÓNICA PATERNA

(Para mi hermosa prima, Dra. María del Carmen Álvarez Lucena, Magistrada de brillantes y valientes decisiones).

Cuando me preguntan el por qué – sobre todos mis mujeres – de ese brillo triste de mis ojos, suelo responder que es la fatal herencia de mis ancestros paternos. En la “Casa de Los Indios”, de Aregue, donde mis tíos Doña Elda Betancourt y Don Jesús María Álvarez, todos los octubres de todos los años, solían reunirse con sus raíces, y entre el humo del tabaco, el chimó y los cuentos de mi padre, Don Hipólito Álvarez, o Polito, como lo he llamado toda la vida, se rememoraba el pasado. En esa enorme casa de bahareque, matizada de sol, digo, hay un retrato grande de un viejo, de lúgubre mirada, cuyos ojos grandes y lagrimados están estigmatizados sus descendientes, de labios pequeños, de bigotes blancos y abundantes, de frente amplia, con grandes entradas que rayan en la calvicie. Ese señor blanco y elegante, es el papá de Don José Ramón Betancourt, el papá de Polito, luego estoy hablando de mi bisabuelo, Don José María Betancourt, de quien se dice era un hombre próspero, educado, de finos modales y muy enamoradizo. ( ¿Ves Moraima, te das cuenta? por ahí viene la vaina).
Cuando niño, Polito, mi padre, acostumbraba llevarme con él a visitar a su padre, Don Monche. Don Goyo Pineda, o Goyo, en el lenguaje familiar, también me llevaba a esa casa solariega, donde yo pasaba al solar a coger del suelo sabrosos almendrones. Muchos recuerdos tengo de mi pasado paterno: aún la imagen un poco borrosa, de mi abuela Doña María del Carmen Álvarez, la mamá de Polito, presente está en mi memoria. Tenía cinco años cuando ella murió. Mis tíos Don Juan Betancourt, Don Candelario Betancourt, siempre visitaban el hogar de mi amada madre, Doña Gregoria Urbana Meléndez Meléndez. Cuando nos mudamos de la Calle San José de la Guzmana a la Calle Concordia, mi tío Don Juan Betancourt, iba todas las mañanas a tomar café y a hablar de los muertos con mi papá Polito.
A mi tío Don Jesús María Álvarez, lo conocí tarde, ya muchacho, quizá debido a una pelea absurda que hubo entre él y mi viejo. Algunos nietos de Don Monche, y bisnietos de Don José María Betancourt, pariente cercano de Don Alejandro Meléndez, papá de Don Luis Beltrán Guerrero, hemos corrido con suerte: “Salió blanco y buenmozo como mi abuelo” le decía Doña Blanca Betancourt, mi tía , a mi madre, y yo, sin pararle, hasta que un día vi su retrato: “Es cierto. Me parezco a él”. Doña Francisca Álvarez, hermana de Polito, fue quizá la mejor amiga que tuvo mi madre. Otros, nacieron flojos, feos y borrachos. Para completar, yo, que soy hijo bastardo o natural, aunque a mi hermanita Raquelita Pereira de Lináres, no le gusta que yo lo diga, pues no llevo el apellido de mi Papá Polito, no sólo soy el más inteligente de los retoños que dejará Polito, sino que soy el más afortunado: ni le trabajo a él ni dependo de él como mis demás hermanos paternos y legitimados. Quizá por ser buenmozo como mi bisabuelo Don José María Betancourt, sería que el bolsa de mi hermano José Gregorio Álvarez Vásquez, me negara hace años delante de unos compañeritos, allá en el Grupo Escolar “Ramón Pompilio Oropeza”. “Tú no eres hermano mío”, me dijo en voz alta como sintiéndose orgulloso de ser un Álvarez-Betancourt. Y ese otro loquito, Andrés Eloy Álvarez Vásquez, por desgracia hermanito mío, no sólo se burlaba de mi mamá sino que intentó hacerme daño cuando yo era apenas un mocoso de siete años de edad. Ahora soy yo quien goza una bola. Vivo de mis locuras y de mis mujeres. Y para colmo la gente me llaman “Doctor”. Casi nada.
Hay mucho silencio prolongado en el Árbol de los Álvarez-Betancourt. Mi abuela Doña María del Carmen Alvarez era hija de Doña Felicia Antonia Álvarez Querales y de Don José María Rojas Avendaño; y nieta de Doña María Leonor Querales de Alvarez, mamá de Doña Felicia Antonia Alvarez. Al parecer los abuelos maternos de mi Papá Polito eran unos aguerridos coroneles de la guerrilla. Hay mucho silencio prolongado en el Árbol de los Alvarez-Betancourt. Para colmo soy yo quien más se parece a Polito. Un botón para la muestra: de todos mis hermanos paternos, con el que más o menos me entiendo – y a veces—y quizá hasta que mi Papá Polito esté vivo y frente a su negocio Depósito Coromoto, porque seguro estoy que cuando mi Papá Polito deje de existir, lo que viene es “candanga con burundanga” ; con el que más o menos me entiendo, digo, es con Hipólito José Álvarez, o Cheo, como le dice Raquelita mi hermana, o Cheíto, como le dice mi mamá Doña Gregoria Meléndez, quien era hija de Doña María Teresa Meléndez de Meléndez, y ésta a su vez, hija de Don Isaías Meléndez y de Doña Rosa Pereira, Mama Rosa, como la llamaba mi mamá, a quien le dicen Mama Goya, sobrina también de la niña Dominga Meléndez, por ser ésta hija de mis bisabuelos Don Isaías Meléndez y Doña Rosa Pereira, quien murió célibe y virgen; Doña Goya Meléndez, era hija también de Don Manuel Jesús Meléndez, hijo éste de Doña Candelaria Camacaro y de Don Antolino Meléndez, de manos ásperas y callosas por haber trabajado siempre la tierra; obrero analfabeta que aprendió a leer por sí solo después de los cuarenta y tantos años, hombre pulcro y honesto, el más honorable de esa gran familia que somos los Meléndez-Pereira Meléndez, que nunca abrigó en su interior maldad ni odio; de cabellos crespos, negruscos, blanquecinos, de surcos pronunciados en su rostro, de bigotes reducidos y recortados al mejor estilo de Pedro Infante, de labios gruesos y grandes, como los de mi hijo Leonardo de Jesús Pereira, a quien vi llorar en dos oportunidades: cuando mi abuela Doña María Teresa Meléndez de Meléndez, cuyos ojos tiernos y burlones los heredó mi princesa Gregoria Urbana Pereira, estuvo enferma y apunto de morir; y, finalmente, cuando pocos antes de irme a Caracas, a continuar mis estudios de Derecho, se despidió de mí porque sabía que al regresar de nuevo a Carora, ya no lo iba a encontrar. Por eso, me siento orgulloso de mis ancestros maternos. Pero también me siento, en el fondo, muy orgulloso de pertenecer a la estirpe de Don José María Betancourt, de donde salió la alcurnia de Don Jesús María Álvarez, noble y caritativa alma, que nunca le hizo ni pensó hacerle daño a nadie, quien murió ha poco para dejar más sólo a mi Papá Polito, a quien le queda tan solo, su hermana, Doña Elda Betancourt, para seguir peleando, amándose uno al otro, como dos niños correteando por las playas de la Cruz Verde, donde canta el turpial, bajo la sombra del cotoperí.

PÁGINAS EN BLANCO

(A mi hermana Daybo Chiquinquirá Pereira Meléndez)

“La lista negra de quienes me han traicionado, la sustituyo por la lista dorada de quienes han sabido hacer honor a la amistad”
Mario Briceño Iragorry
(1897 – 1958)

Desde el 4 de enero del año que transcurre, estoy privado de mi libertad. Este año ha sido, más que nostálgico; trágico, para mi pesar: apenas desaparecía el frío decembrino, fallece, en mala hora, mi muy caro amigo: Ángel González Lameda, nuestro inigualable “Chichí”. Ha poco en la población del Callao, Ciudad Bolívar, de forma abrupta e inesperada, dejó de latir el noble corazón, para siempre y para reencontrarse en los umbrales del cielo, con su esposo, fallecido, también a principio de año, ese palo de mujer, que en vida se llamó: Sonia Morón, de quien guardo gratos e imborrables momentos, compartidos desde cuando yo era un chavalo de siete años de edad. Sí, estoy triste ¿para qué ocultarlo? Estuve en el velorio de “Chichí”. Me dolió su partida. Como me ha dolido no haber podido estar presente en el sepelio de Sonia. Ese día, en la oscuridad de mi celda, oré no sólo por su alma, sino para que Dios secara las lágrimas de sus bienamados padres: Don Ítalo Morón y Doña Teresa de Morón. Quien me ha conocido, sabe lo que siento actualmente. Sabe que a pesar del daño que me han hecho padecer, soy ajeno a rencores. Ha poco fue presentado, simultáneamente, en la ciudad de Caracas y Maracay, mi último libro publicado por la Editorial Latinoamérica Berkara, cuyo título nada tiene que ver con mi profesión: “Corte de Apelaciones”. Me cuentan que éste sábado será bautizado en la sede del Ateneo “Guillermo Morón” de Carora. En ese libro, encontrará el lector, algunos trabajos acerca de personas que no sólo traicionaron mi amistad, sino que han logrado que comprenda la impotencia, la nostalgia, que sintió el nunca olvidado patriota Don Juan Vicente González, cuando éste es visitado en su celda, por el General José Antonio Páez, al pronunciar, con dolor, posiblemente, la siguiente sentencia: “Insensato, has destruido la leyenda que te inventó mi cariño”. Pero no me arrepiento de nada. No hay razón para discutir con mi “alter ego”. Aunque dudo que en lo adelante logre que yo comulgue con su anárquica y torpe ideología. De una manera u otra, el pus que fermenta la llaga de mi espíritu, no dejará de recordarme las voces, la careta que lleva puesta la falsa amistad.
Soy víctima de una cruel maniobra, con la que han pretendido callarme. Pierden el tiempo. Cuando veo el rostro demacrado de mi madre, saco fuerzas desde donde ya no tengo, para decirle que no se preocupe, que mientras existan amaneceres, habrá esperanza. Esperanza de construir un mundo mejor, donde reinen la paz y la equidad, donde el hombre no sea mancillado por la mentira, y la justicia no sea manipulada por quienes detentan un poder transitorio. Me han privado de mi libertad. Sé que estoy en desventaja. Llevo seis meses preso. Seis meses entre rejas. Seis meses envenenándome el alma con los libros que me traen, de cuando en cuando, Juandemaro Querales y Chanita Colombo. Seis meses soportando los más infames vejámenes y humillaciones. Pero no voy a claudicar, ni arrodillarme ante nadie; de ello pueden estar seguro.

EL HUMANISMO DE RAMÓN PÉREZ LINÁREZ

Abogado, especialista en Ciencias Penales y Criminológicas, tiene la particularidad de ser educador, ensayista, escultor de la palabra hablada, y se comenta a menudo, que también es poeta. Eso es cierto. Cabe testimoniar aquí, que nunca ha utilizado su inteligencia para hacerle mal a nadie, virtud inusual en el abogado de hoy en día. Gremialista, las iniciativas por él comenzadas, bajo la Presidencia del Colegio de Abogados del Estado Lara, han dado sus frutos, y estos han sido aprovechados a cabalidad. Jurista, pocos como él merecen ser calificados de esa manera. No en balde allí está su obra escrita, dispersa en revistas y libros especializados, cuyo pecado ha sido no haberla recogido aún en forma de libro, los cuales abarcarán gruesos volúmenes. Son muchos los abogados notables nacidos en estas crepusculares tierras larenses: Ambrosio Oropeza, Juan Carmona, José María Domínguez Escobar, Gustavo Adolfo Anzola, Antonio Cadenas, José Luis Machado, José Rafael Mendoza, Oscar Ferrer Carrasco, Ángel González Lameda, Gustavo Mendoza, por caso, quienes al igual que Ramón Pérez Línarez enorgullecen la patria chica, cuyos aportes a la doctrina y jurisprudencia enorgullecen a la patria grande. Hombre honesto y probo, nunca ha comercializado sus ideas, cualidad que le ha ganado respeto y también no pocos amigos. En la vida y en el mundo hay de todo. Por eso los envidiosos, inútilmente, lo han atacado, para alcanzar con justicia, esa verdad inocultable que, sólo al árbol que da fruto se le tira piedras.
Profesor universitario, deseo recordar a Luis Beltrán Guerrero, quien decía que “la misión fundamental del humanismo es formar hombres”, para que estos le sirvan a la humanidad. Humanismo significa forjar hombres libres para la transformación de la patria. Conozco a Ramón Pérez Linárez, y puedo dar fe que es un hombre de pensamiento elevado, ajeno de mezquindades, y de alma firme. Podría decirse que cumple el trílogo jurídico y moral romano: Honeste vivere, alterum sion loedere, suum cuique Tribuere: vivir honestamente, no hace daño a nadie, dar a cada quien lo suyo.
Litigante de fuste, una vez librada la batalla en las tribunas jurídicas, la caballerosidad del letrado se impone. No se amilana en la derrota, ni guarda viejos resabios en su noble corazón. Tampoco se ensoberbece ante la victoria. Nunca ha pretendido ser superior a los demás, ni caer en el terreno de la adulancia. De allí su grandeza y mi admiración. Con una intuición perfecta de los nuevos tiempos, y con una visión universal, el Dr. Ramón Pérez Linárez, conjuntamente con el Dr. Jorge L. Rosell Senhenn, desde hace un poco más de dos lustros, comenzó a predicar la necesaria reforma de nuestro sistema procesal penal.
Su amor por el Derecho se materializa en sus actuaciones diarias. Como hombre público, íntegro y pulcro, evita la fatuidad, demostrando con ello ser un hombre de carácter recio, lo cual no desmedra en forma alguna su bondad.
Catedrático innovador, excelente tribuno, insigne Magistrado sin bozal de miedo, cristiano celoso de la vida de Jesús, ha conseguido, ser útil para la vida que vivimos, ideal supremo según el apotegma de nuestro Libertador Don Simón Bolívar. No puedo evitar pensar que, sin duda este hombre de leyes, que es para lustre y brillo de Venezuela, el Dr. Ramón Pérez Linárez, merecía haber nacido en Carora, para ser llamado con dignidad “hijo benemérito de la Patria”.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y LIBERTAD DE PRENSA

(A mis amigos Luis Pernalete Mendoza y Joel Suárez)

Convenimos en que no existe un Estado de Derecho puro sin la presencia de una libertad de expresión no cohesionada, y sin la existencia de una libertad de prensa no maniatada por los tentáculos del poder; convenimos también en que la libertad de expresión es un derecho fundamental del hombre, incluso inherente a su propia naturaleza. Lo que no puedo compartir ni permitir es que detrás de esa libertad de expresión, muchas veces, mal entendida o interpretada, se esconda una conducta delictual, que más de las veces raya en el cinismo cultural. Para que todos seamos libres, la libertad tiene que ser restringida (Jean – Jacques Rousseau). El absolutismo nunca ha existido, y a quienes lo han pretendido, tergiversando la realidad, el gran genio americano, Generalísimo Francisco de Miranda, les recuerda: “Bochinche, bochinche, esto no es más que bochinche”. Que toda la gente tiene derecho de estar informada, nadie lo pone en duda. El límite a la libertad de expresión lo expresa el constituyente al establecer que: “Toda persona tiene derecho a expresar libremente sus pensamientos, sus ideas u opiniones de viva voz, por escrito o mediante cualquiera otra forma de expresión (...) quien haga uso de ese derecho asume plena responsabilidad por todo lo expresado” (Art. 57 CNRBV). El periodista no está obligado a verificar si el hecho noticioso es falso o cierto, ni buscar sus fuentes, ya que no “puede exigirse que antes de transmitir la noticia, ella deba ser confirmada o verificada, para determinarse su veracidad, puesto que tal situación sería una especie de censura sutilmente impuesta, que no se corresponde con los esenciales lineamientos de la libertad de expresión”1, sin embargo, si lo divulgado por el fablistán vulnera el derecho a la intimidad, a la vida privada, o coloca al desprecio o escarnio público, soy partidario que debe responder por ello. Debe estar claro el emisor de sus responsabilidades. Que éste haya sido sorprendido en su buena fe; que haya sido objeto de un engaño o de una pequeña travesura; en principio estos supuestos debe demostrarlo por medios lícitos y hacer pública su equivocación, aunque el daño muchas veces es irreparable. La dignidad como libertad de expresión es un derecho inherente al hombre. ¿Cuál tiene mayor jerarquía? Depende de la óptica con la cual se estudie. Particularmente, a mi modo de ver, yo me inclino por la dignidad de la persona. Se atenta contra la dignidad cuando se difama por placer. Más aún: cuando priva el interés político o protagónico sobre la realidad real no virtual: Algunos reputados autores han sostenido que “los periódicos son empresas comerciales sui géneris, que viven de la noticia, del reclamo mercantil y que, en su objeto, especulan con un criterio, deformado casi siempre, de la denominada opinión pública”2, razón por lo cual, el sensacionalismo ha sido no pocas veces considerado comedero de estiércol o lo que el común denominador llama periodismo amarillo, no por lo viejo sino por lo escandaloso. Hay periodistas serios* pero también los hay irresponsables, de poca altura intelectual, que para llamar la atención pública, falsean no sólo la verdad sino que no les importa que luego un tribunal absuelva de toda culpa a quien fue tratado como un vulgar delincuente.
La reputación, el honor de esa persona, por ejemplo, no se borra con un simple perdón. Con una simple disculpa pública. Entiendo que el público está ávido de información, pero cuando el periodista interfiere en la investigación considero que no informa a la colectividad debidamente, todo lo contrario, desinforma y juega con la conciencia de la sociedad. La crónica literaria es muy distinta a la crónica de opinión. En una, existe magia e imaginación; en la otra- La de Opinión -existe o al menos debe presumirse la búsqueda de la verdad como colorario del bien común.

FRENTE AL BOULEVARD ES LA COSA

A E. N. M. S. sólo Dios, las palomas que revoletean por los alrededores del Edificio El Nacional de Barquisimeto, y ella, saben por qué...

Los recuerdos golpean la memoria. Veo un niño construyendo muñecos de barro, cabalgando en corceles de madera, y carrereando, a pleno sol, en el solar de la Calle José, lagartijas y azulejos. Lo veo llamando “Pan Salao” al loco que vivía al lado de su casa, en cuyo solar, a esos de las siete de la mañana, según cuentan, Doña Goya, me trajo al mundo, atendida por una comadrona y nada menos que por Don Chegoyo Hernández. Los recuerdos golpean la memoria. Veo a un niño jugando béisbol con pelotas de trapo. Jugando a escondidas con sus dos hermanos mayores: Jorge y Luis. Lo veo vendiendo dupletas con una de sus hermanas mayores: Marisol. Hacen rifas y salen tarde, a esos de las seis, cuando el sol, ya cansado, se va de siesta, a vender empanadas y camburitos. Lo veo diciéndole a su hermanita, Raquelita, que meta el lápiz dentro del enchufe que queda dentro del cuarto de su otra hermana: Daybo. Se ríe a carcajadas, hasta que aparece “Mama Goya”, y le suelta sendos coscorrones. Se va al solar, y guinda una iguana viva que ha traído a casa su hermano Luis, para que Doña Golla la mate, la sancoche y haga guiso para las empanadas del día siguiente; guinda una iguana, digo, y comienza a tirarle piedras. De pronto veo al niño hecho hombre, bailando raspacanilla en los bulevares que se hacen frente al Concejo Municipal, tomando anís cartujo, y puliendo la hebilla, al mejor estilo de “Rafa y sus Diamantes”. Visita el “Yatay” y lo sacan de la mano por ser menor de edad. Tiene una novia en cada esquina. Y a cada una le escribe un poema. Los recuerdos golpean la memoria. Veo un niño que sube al Cerrito de la Cruz a elevar papagayos. Lo veo que juega metras y trompos, y lo veo cayéndose a trompadas cuando se acerca alguien y dice: “Manos limpias”. Lo veo hecho un hombre. Se entusiasma con la poesía de Pablo Neruda. Escribe, se putea, se emborracha y duerme en muchas camas ajenas. De pronto lo veo tras la rejas. Preso. Lo veo agarrado, masturbándose con la palabra. Conoce el bien y el mal. Los recuerdos golpean la memoria. Escribe un librito: “Cambio de garita”. Busca un abogado de Barquisimeto, y a través de él, ejerce su profesión de abogado para mantener a su familia. Él hace los escritos, estudia y analiza los casos. Pero es otro abogado quien suscribe los escritos que él hace en una vieja máquina de escribir. Logra sacar en libertad a 11 personas. Los recuerdos golpean la memoria. Se percata que un detenido desea mandar a matar a un fiscal del Ministerio Público. Se da cuenta que es uno de los dos fiscales que se ensañaron contra él y su familia. No puede dormir tranquilo. Por las noches recuerda los consejos de su madre y las enseñanzas de su abuelo Papa Chú. Habla con el detenido, lo convence y logra salvar la vida de quien se encarnizó contra él y su familia. Tiempo más tarde, ese detenido, saldrá en libertad y a los pocos meses es asesinado. Nunca ese triste fiscal supo o llegó a enterarse que “El Pelón”, “El hijo de Doña Goya” le salvó la vida. Los recuerdos golpean la memoria. Veo un niño acompañado de otros tres niños: Leonardo de Jesús, José Leonardo y Gregoria Urbana, juegan a ser Papá e hijos. Veo que los cuatros suben al Cerrito de la Cruz, a tomar refrescos, comer golosinas y tirarle piedras a los cujíes secos y hambrientos de rebeldía nerudiana. Cuidado, ahí viene “Pan Salao”, bravo, muy bravo, con un palo en la mano. “Pan Salao”, “Pan Salao”. Tranquen esa puerta. “Sí, sí mamá”, pero no fui yo. Pero, hijo, Raquel está en Caracas. Y yo, aquí, mamá, contigo, celebrando mis treinta y seis años.

MUMIA ABU-JAMAL O LA LIBERTAD CONVERTIDA EN HOMBRE

(A Heidi Albarrán Lináres, cuyos ojos negros impregnaron de rocío mi alma)

Nadie recuerda a los carceleros de Don Miguel de Cervantes Saavedra, autor nada menos de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”; nadie recuerda a los carceleros de Henri Charriére, famoso francés, autor de “Papillón”; como tampoco nadie recuerda a los carceleros de ese gran genio de la literatura, probablemente el más grande escritor de todos los tiempos, con excepción de Johann Wolfgang Goethe, recordado por su monumental obra: “The picture of Dorian Gray” o lo que es lo mismo: “El retrato de Dorian Gray”. No hay duda alguna, que en éste siglo ni en los venideros, nadie recordará al Juez que el 3 de julio de 1982, dejándose arrastrar por la mentira y el poder político estadounidense, condenara a pena de muerte a Wesley Cook, mejor conocido como Mumia Abu-Jamal, periodista y bizarro defensor de los derechos de los negros, preso por un sistema judicial racista, por un sistema judicial dizque el más objetivo e imparcial del orbe. Los tentáculos del poder político menoscaban los brazos de la diosa de la justicia. En un dictamen de 272 páginas, el juez federal de distrito William Yohn revocó la pena de muerte impuesta hace casi dos décadas al autor de “Desde la galería de la muerte”, y de “Brota la Vida” libro exquisito, una “obra intemporal” (Julia Wright) que nada tiene que envidiarle a la “Balada de la cárcel de Reading” de Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde. El pasado 19 de diciembre en las páginas internacionales de El Impulso de Barquisimeto, leí la grata noticia que hoy motiva estas líneas. Muchos mártires han sido ajusticiados en nombre de la libertad. En nombre de una ignominiosa justicia. El país que uno supone respeta los valores, derechos humanos, ha prohibido que Mumia Abu-Jamal pueda abrazar a sus hijos. Desde 1.995 en la prisión de máxima seguridad – SCI Green – de Pensilvania, en una celda más pequeña que un baño, permanece tras los muros y barrotes el preso más famoso del mundo. Este hombre subsiste encerrado 23 horas del día, sin ver luz alguna, sin comunicarse con nadie a su alrededor. Le dan sólo una hora de patio. (El “patio” es una pequeña habitación, donde no se cuela el más mínimo rayito de luz solar, y donde ningún convicto puede comunicarse, hablar con otro so pena de un severo “castigo”).
El 27 de octubre de 1985 recibí una carta enviada desde el Internado Judicial de Barquisimeto, la cual en uno de sus extractos expresa una verdad, que años más tarde me tocó vivir en carne propia: “Considero que un abogado no será nunca un defensor consciente hasta que no hiciese una pasantía permanente de no menos de cinco años encarcelado, como el Juez no será nunca un sentenciador honesto si no hubiese hecho una pasantía de diez años encarcelado.1 Cuando me desempeñé como Fiscal del Ministerio Público en la ciudad de Barquisimeto, muchas veces encontré sobre mi escritorio, acusaciones ya realizadas por mis secretarios y asistentes; iba a juicio, y lograba la “Victoria”. Nunca pensé si a quienes yo acusaba eran o no inocentes. Me dejé llevar por el sistema. Hasta que hube de atravesar una vil maniobra judicial tramada por quienes consideraba mis compañeros y amigos: permanecí tras los muros dieciocho meses. Allí aprendí el verdadero significado de la justicia y de la libertad. “¿A cuántos inocentes mandé a ésta cárcel?”, me pregunté una tarde soleada, bañada de soledad. Ocupé mi tiempo leyendo y estudiando. Ahora cuando observo a algún fiscal o juez dejándose arrastrar por presiones gubernamentales, políticas o sociales, sin importarle un bledo si a quien acusan o juzgan es inocente o no; siento lástima por ellos y un cierto aire de alivio por haber aprendido la lección. ¿Cómo un hombre que está condenado a pena de muerte, cuyos derechos más elementales les son violentados, puede hablar de libertad, soñar con un sistema judicial más justo? Fue lo primero que vino a mi mente luego de haber leído “Brota la vida”, excepcional obra que ha sido traducida al francés, al alemán, al castellano, al portugués, al holandés y al italiano, siendo prohibida su lectura, como lo fue en su momento, “Las Flores del mal”, de Charles Baudelaire. Cuando apenas contaba con 14 años, Mumia Abu-Jamal fue humillado, torturado, golpeado, puesto entre las rejas, solamente por levantar su voz y protestar durante la campaña presidencial de George Wallace, un “ciudadano” estadounidense que denigraba de las personas de color. Por sus aguerridas luchas a Mumia Abu-Jamal (24 de abril de 1954 – Filadelfia) el poder político buscó destruirlo, callarlo para siempre. El 9 de diciembre de 1981, cayó gravemente herido por los disparos de la policía. El sistema lo acusó del “asesinato” del Oficial de Policía Daniel Faulkner. El Juez Albert Sabo se vendió al sistema. A un sistema parcializado y putrefacto. Existían y aún existen pruebas de la inocencia de Mumia Abu-Jamal. El sistema judicial americano no es confiable. Tiene muy buenos conceptos de lo que es y debe ser la justicia. Pero hasta ahí. La práctica cambia todo. Evapora el Estado de derecho. Nuestro sistema judicial nada tiene que envidiarle al de los “yanquis”. Desde 1982 Mumia Abu-Jamal esperaba la decisión del Tribunal Superior. Demasiada celeridad procesal nos abruma. El 18 de diciembre de éste año (2001) se declaró con lugar la apelación interpuesta por Mumia Abu-Jamal, un escritor honesto, un luchador digno, una libertad convertida en hombre.

EGILDA J. BARRIOS DE MORILLO

El 11 de septiembre del año 2000, murió Doña Egilda J. Barrios de Morillo. Fue poco controversial el tiempo en que hube de conocerla. El hombre está en la vida y hace o padece, que es decir, construye y sufre . La vida para Doña Egilda de Morillo consistió en eso: construyó un hogar respetable, honorable en el más estricto sentido del vocablo; vivió la vida, pero también la supo sufrir, padecer, no obstante a ello, los tropiezos cotidianos que depara el destino, no hicieron mella ni se encarnaron en su noble como bizarro corazón, el mismo que dejó de latir, de sentir la vida, hace hoy, precisamente, un año. No he conocido otra alma-mujer en la que se hayan conjugado el respeto y la sinceridad, la honestidad y el amor al prójimo, el perdón y el olvido, la pasión por el trabajo tesonero, como las que consagraron a Doña Egilda, así no más, como yo la llamaba, dejándome el mejor de los recuerdos, y el mejor ejemplo: el perdón y el olvido. No vale la pena decir, explicar o escribir por qué. Ella desde el cielo, seguramente, sonríe, mientras yo ahora rememoro su vida, su paso por éste mundo. “¿Qué es la vida sin dolor? “ (Mercedes Franco).
En una novela de Danielle Steel – “Amor y lágrimas” para ser más preciso – en la primera página hay un epígrafe de Thomas Hardy, que desconozco el motivo de recordarlo en las adversidades de mi vida: “...¿Por qué se marchita la mayor esperanza nunca sembrada?”. La mayor esperanza de Doña Egilda de Morillo era ver a sus hijos formados como buenos ciudadanos, y para satisfacción de toda su familia, lo logró: puedo dar fe que cada uno de sus hijos tienen virtudes extraordinarias: principios cristianos y morales. Que alguno de ellos haya tenido algún inconveniente en el transcurrir de su vida, ello no obsta para decir que Doña Egilda de Morillo no logró su objetivo: vio a todos sus hijos – sin excepción alguna – trabajando por un porvenir mejor. “Quien se sienta libre de pecado, que lance la primera piedra”, palabra bíblica que no requiere ninguna explicación. Quienes tuvieron el inmenso placer, el gratísimo honor de conocer y tratar a Doña Egilda de Morillo, pudieron disfrutar de una verdadera y sincera amistad, la cual se deducía en ser buena amiga, compañera en los momentos más críticos de la vida; abnegada y fiel esposa; pero por sobre todas las cosas, fue excelente madre. En el poco tiempo que hube de conocerla sabía que me encontraba frente a un ser excepcional. Nunca olvidaré las expresiones de cariño y solidaridad que me prodigó en los momentos en que yo más necesitaba de una mano amiga. Cuando supe de su muerte, no recé ninguna plegaria; no, no lo hice. Oré sí; porque en la oración uno habla con Dios. Le pedí para ella, lo que merecen los seres inmaculados: un lugar en el cielo. Cuando se cumple el primer aniversario de su triste partida, nuevamente oro a Dios y renuevo mi más sentido pésame a su bienamado esposo, Don Paúl Morillo, a toda su familia, especialmente a sus hijos, continuación de la vida que fue y es, mientras existan en ellos las ganas de vivir.

SOBRE EL DETONANTE DE LA CRISIS CARCELARIA

(A las Doctoras Celina Hernández y Gilda Sequera Yépez, porque honrar, honra)

No vamos a tocar puntos referentes a las causas de la criminalidad, su origen, como tampoco abordaremos el tema de la rehabilitación cierta o falsa que se atribuye a la pena de privación de la libertad; mucho menos hablaremos de la abolición, total o parcial de las penas privativas de libertad y su posible sustitución por los subrogados penales. Lo dejaremos para otra oportunidad. Por ahora nos interesa reflejar a grosso modo el problema carcelario actual. El régimen penitenciario venezolano no sirve para nada. El Estado nunca se ha preocupado realmente ni se ha propuesto solucionar la crisis del sistema penitenciario. Ineptos funcionarios desconocedores de los factores criminológicos, internos y externos, en cuanto al tratamiento de los reclusos, son los que rigen los destinos de las cárceles e instituciones penitenciarias. Para estos funcionarios incapaces e inidóneos, la Constitución Nacional y la Ley de Régimen Penitenciario, como las demás leyes, sólo sirven para dictar conferencias y clases en amplios salones con aire acondicionado. No dejan de tener razón. Cuando uno recuerda la lectura de libros, como por ejemplo “Papillón”, del francés Henri Charriére; “Brota la Vida”, de Mumia Abu-Jamal; “Instinto Asesino”, de Jacqués Mesrine; “De Profundis”, de Oscar Wilde; o “La Historia fea de Caracas y otras historias criminológicas” ; ” Las cárceles de Venezuela”, de Elio Gómez Grillo, por caso, se acrecienta aún más ese sentimiento de creer que nada ha cambiado ni cambiará. El Estado siempre ha mantenido oculto el problema carcelario. Ante la opinión pública se corre la cortina sólo cuando ocurren casos de extrema gravedad, como los ocurridos en días recientes en el Centro Penitenciario de la Región Centro Occidental (Uribana). Nadie se atreve, salvo uno que otro político pantallero con más ganas de protagonismo que de otra cosa, a opinar sobre tan escabroso tema, por temor a ser considerado antipopular, y no obtener votos, pues, al decir del periodista Carlos Zavarce, “Se supone que los votantes quieren mano dura y no bondades con quienes trasgreden las leyes”. Aunado al hacinamiento, al ocio galopante que reina en las cárceles venezolanas, se suma esta espasmódica cobardía. No hay alimentos para los reclusos. No importa, esos son criminales. No hay más espacio físico para reclusos. No importa, esos son bazofias humanas. No hay medicinas ni personal médico adecuado para los reclusos. No importa, esos son delincuentes. De esa manera piensa el más común de los políticos, obviando por completo las necesidades más elementales de quienes por una u otra causa son privados de su libertad. De esa manera piensa el hombre mediocre.
En el año 1986 la Dra. Sonia Sgambatti, afirmaba que “con el nuevo código--- la Dra. Sagabatti se refería a lo que hoy es el COPP – dejaremos a un lado la morosidad judicial que representa para el Estado una pesada carga económica, de vigilancia, de justicia y de conciencia”. Sin embargo, el Estado a través del Poder Judicial mantiene un retraso judicial, indebido e injustificado, muchas veces, tan igual o quizás peor que el de los años ochenta. El personal administrativo y técnico las más de las veces carece de una verdadera preparación académica y profesional.
Fundamentalmente allí radica el problema carcelario. Sin apartarse desde luego de la pregunta de las mil lochas: ¿Quiénes ingresan la droga y el armamento en los centros penitenciarios? ¿La Guardia Nacional? ¿Los Funcionarios adscritos al Ministerio de Justicia y de Interior? ¿Existe complicidad entre ambos organismos? ¿La crisis carcelaria es un problema insoluble? ¿La solución está en construir más cárceles? Preguntémosle a Robert Gangi: No, porque “construir más prisiones para detener el delito es como construir más cementerios para detener las enfermedades mortales”. No se disminuye la criminalidad creando más centros e Instituciones penitenciarias. Esa es una política equivocada y superflua, representativa del hombre anodino. Mientras no apliquemos una política socioeconómica real y material en la cual se integre a todos los ciudadanos sin distingo de ninguna especie, el índice delictivo continuará en aumento y se demostrará una vez más el fracaso del sistema penal venezolano. No es cuestión de ocultarse y evadir el bulto. La responsabilidad que cada uno tenemos. Debemos humanizar las cárceles. Debemos humanizarnos. De los contrario, más que una sociedad desnuda (Vance Packard) seremos - ¿o ya lo somos? – una sociedad de cómplices. El Dr. Ramón Pérez Linárez, eminente penalista larense, refiriéndose al problema carcelario, señaló, con sorna, a propósito de un discurso de ocasión: “Dante no fue procesado venezolano, ni fue a una cárcel venezolana; si lo hubiese hecho, hubiera desistido de pintar el infierno, lo hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor”. Sin duda alguna, Ramón.

Nota Bene: Le sugiero al abogado Leopoldito Navas leer el artículo del Dr. Elio Gómez Grillo publicado en el diario El Nacional del Martes 25/03/03, Cuerpo A7/8. Sección Opinión, ello porque no “entendió” mi explicación en clases de la Dra. Gilda Sequera Yépez. Salud.

SAN CRISTÓBAL DE AREGUE

(A la familia Almao Pereira, Timaure Sisiruca, Lameda, Meléndez, Aponte, a Don Rómulo Timaure, a Don Ciriaco Almao, a Don Pedro Montes de Oca, a Don Miguel Pereira, A Doña Julia Almao, afectuosamente)

En alguna ocasión Sören Kierkegaard dijo, dando en el clavo, que “la poesía es un pájaro que se caga en las alambradas”. En San Cristóbal, pequeño caserío perteneciente a la Parroquia Chiquinquirá, a veintiún kilómetros de la población de Aregue, pueblo santo, apesadumbrado, atravesando “La Tetona”, más allá de “Las Huertas”, “La Mesa”, “La Cruz Verde”, “El Tanquito”, más acá de “Chipororo”, queda San Cristóbal, donde tengo enterrado mi ombligo, porque ahí en ese agraciado lugar nació mi madre y nacieron mis abuelos y bisabuelos, comarca donde renace en cada casa y en cada habitante, una palaciega soledad, sempiterna, llena de una infinidad próxima a la nostalgia. Cada vez que puedo vuelvo a San Cristóbal, a conversar con viejos amigos, a ver a mis muertos, a recoger los sueños de mis ancestros, contemplar los gestos paternales que habitan en cada rincón humano, a chinchorrear en el cuarto avejentado y taciturno que Don Alcido Meléndez me da prestado para dormir mis borracheras y desenterrar desteñidos recuerdos juveniles. El calor sofocante, el seco e inevitable mutismo, pastoso que se produce al mediodía, a pleno sol, aliviado en ocasiones bajo la sombra de los selváticos árboles del Centro Social y Deportivo “La Nigua” de Don Rómulo Timaure, me evoca a Macondo y a José Arcadio Buendía, dando la sensación de estar inmerso en “Cien años de soledad”, la obra cumbre de Gabriel García Márquez. Los cerros, y las colosales quebradas, como la no menos famosa “Piedra de la peña blanca”, que está poco antes de llegar al pueblo, son de una naturaleza indescriptible como lo es el frío que se siente de madrugada. Sus mujeres, como las dos reinas de éste año, beldades y gemelas, tienen sus ojos color almíbar como dos pocitos de aguas encantadas, y tienen el enigma mágico de descifrar el sonido de la lluvia, comprender el canto de los pájaros, y saber qué dice el céfiro a los árboles, de cuyos colores violeta y amarillo queda apresado hasta el más receloso mortal. Los niños descubrieron el secreto de adivinar y deducir los susurros de las abejas y se hacen hombres y mujeres tan rápido, que cuesta creer que el mundo se escape de la realidad. Quien va y conoce a San Cristóbal por vez primera, se ceba, y regresa siempre. Don Felipe Piña, notable empresario caroreño, una tarde fue a visitar a esas adyacentes tierras, madre de hombres de trabajo, honestos, valerosos como Don Damián Pereira Almao, ya tributario de la tierra; como Don Ciriaco Almao, criador, ganadero, agricultor, amante de las buenas costumbres y fiel creyente del Divino Niño de Atocha, y se encabritó tanto que tiene dieciséis años que compró una patriarcal casa donde de cuando en cuando va a rejuvenecerse. San Cristóbal no sólo es un pedazo de cielo de muchos hijos trabajadores. Es un pedazo de tierra, con hombres y mujeres, que lloran y ríen, que levantan sus voces para reclamar el olvido del tiempo. El hombre cuando crece se somete a la sociedad en su afán de hacer riqueza, encontrando en su peregrinar sólo amargura y desencanto. Pero si busca la alianza y la felicidad de sus semejantes, encontrará, más temprano que tarde, el sentido de la vida. Confieso que he visitado muchos lugares, y nunca he encontrado nada tan hermoso, místico y religioso como el pueblo de mis antepasados. Por eso, y con motivo de los días festivos que acaban de pasar, sugiero no olvidar nunca nuestras raíces, y unirnos siempre, para requerirles a los gobiernos municipales de turno, mejoras para nuestro lar nativo. A través de ésta crónica volandera, quiero rendirles tributo a los organizadores de las fiestas patronales del caserío San Cristóbal, a su gente, tan amables como altruistas, y rememorar aquella linda morena de rostro angelical y ojos almendrados, cuya sonrisa guardo con celo en el baúl de los recuerdos.

SOBRE LEONARDO OROPEZA PERNALETE

Quien haya leído mi libro “Elucubraciones de un Caroreño”, sabrá que fui uno de los que combatió enérgicamente el gobierno municipal del desaparecido, en mala hora para Carora, Don Pedro Domingo Oropeza; también combatí al Ing. Leonardo Oropeza Pernalete, su hijo, cuando éste tuvo las riendas de la Alcaldía torrense. Sin embargo, nunca tuve dudas sobre la honestidad de Don Pedro Domingo Oropeza ni del Ing. Leonardo Oropeza Pernalete. Cabría señalar, en pocas líneas, que la honestidad de la familia Oropeza-Pernalete no admite dudas; y esta aseveración mía está probada a través de largos años de actuación política y de lucha social, a favor del pueblo, por eso me honro en defenderlo y pertenecer al grupo de abogados que hoy defiende al hombre íntegro, cabal y honesto que siempre ha sido. La larga trayectoria política de Leonardo Oropeza Pernalete no permite una conclusión distinta. Que se discrepe y se discuta su ideología, su forma de gobernar o su actuación partidista nada tiene de particular; ello podría ser positivo, ya que no podemos olvidar que la crítica de altura debe ser un eficaz impulso para el entendimiento del pensamiento humano. Lo que resulta inaceptable es la vocinglería fatua, insípida, hueca e irrespetuosa, exponiendo al odio y desprecio público la vida de un hombre que siempre ha cumplido con su deber. Existen hombres de muy buena imaginación que en lugar de escribir buenos libros, la malgastan en maquinaciones diabólicas, los cuales aprovechan – y parcialmente lo han logrado – para desenvainar viejos resabios y para dar rienda suelta no al “Diablo de Carora” sino a ocultos sentimientos de venganza que escondían en contra del Ing. Leonardo Oropeza Pernalete, derivados de su probidad, capacidad y honestidad para gobernar el Municipio.
Para nadie es un secreto la campaña infame de descrédito de la cual es víctima el Ing. Leonardo Oropeza Pernalete. Como bien lo dijo en una ocasión, el reconocido abogado penalista Dr. Rafael Meleán Parra: “Nadie está autorizado para convertir la existencia de nadie, en una humillación”. Por el Lic. Francisco Javier Oropeza Alvarez, actual Alcalde de Torres, siento respeto y admiración.
Hace algunos años compartimos sueños e ilusiones propios de la adolescencia. Lo ayudé en su formación intelectual y preparación educacional. Quizás soy yo quien lo conoce más a fondo. De su padre, Don Francisco Juan Oropeza, gran amigo de mi padre, sólo puedo decir que es un hombre decoroso, magnánimo, amable y por el que siempre he profesado un altísimo respeto. Por ello me siento obligado a decir también que a pesar de mi expresado respeto hacia el Lic. Francisco Javier Oropeza, no puedo compartir el comportamiento que ignominiosamente ejerce contra personas trabajadoras como lo es, sin duda alguna, el Ing. Leonardo Oropeza Pernalete. De mi parte jamás saldrá una palabra que ofenda el honor ni la conducta del Lic. Francisco Javier Oropeza; mucho menos contra su padre, Don Francisco Juan Oropeza. No cultivo el odio ni ejerzo por el camino tortuoso de la venganza. Pero utilizaré todos mis conocimientos, la ley y la justicia, para defender no sólo los derechos actualmente conculcados del Ing. Leonardo Oropeza Pernalete, sino su reputación y honor. La memoria de Don Pedro Domingo Oropeza merece respeto. Acudir a los medios de comunicación, y utilizar uno de ellos sin permitir el derecho a réplica, para zaherir la popularidad y la dignidad del Ing. Leonardo Oropeza Pernalete, recurriendo a amenazas, exponiéndolo al escarnio público, causándole daño a la memoria de su difunto padre, Don Pedro Domingo Oropeza, a su esposa y a sus pequeños hijos, desdice mucho de actitudes humanas, cristianas y esperanzadoras para el pueblo. Con la ayuda de Dios omnímodo y omnipotente y la caridad de nuestra amantísima madre, la Virgen María Rosa Mística, utilizando la espada de Temis, sin retroceder ante perversos señalamientos, y dentro, sólo dentro de los causes dogmáticos y ortodoxos del derecho, demostraremos la inocencia plena y completa del Ing. Leonardo Oropeza Pernalete.

¡ESTOY VIVO!

(A mis padres. A mis Hermanos. A mi esposa. A Juandemaro Querales. A Joel Suárez. A mis hijos)

Amparados en la mentira y en la complicidad, bajo la intimidación insultante, malolientes personeros, pretenden descalificarme moralmente ante la Sociedad.
Han creído -en vano- que con privarme de mi libertad me pondrán de rodillas y sucumbiré ante sus atropellos. Se ha iniciado una campaña de desprestigio en mi contra. Soy víctima de una vil maniobra. Me duele no poder ver ni acariciar a mis pequeños hijos.
Pero no voy a claudicar. Van a tener que matarme para silenciar el cuchillo que hoy quema la palabra. Pusilánimes e incompetentes funcionarios públicos propician la más escandalosa fábula con el propósito de opacar mi reputación. Todo el mundo me conoce. Saben a quienes he denunciado y he enfrentado, sin miedo y temor alguno. En esta batalla no estoy solo. Cuento con mis libros, y, finalmente, con la verdad por delante y por encima de todo, me acompañan los más aguerridos soldados, quien, como yo, no temen a la tortura: Los Poetas.
Mi madre, mi esposa y un puñado de amigos, afuera se movilizan para lograr mí libertad. Mi maestro y gran amigo, el Dr. Juandemaro Querales, me cuentan que ha llorado por mí. ¿Cómo retribuir tanta nobleza, tanta solidaridad? Se ha iniciado una campaña de desprestigio en mi contra. Mi vida corre peligro. Desde un tiempo a esta parte me lo habían anunciado. Pero, jamás imaginé que mediante subterfugios legales lograran chantajear a miserables individuos para que declararan contra mí en aras de calumniarme expeditivamente, a objeto de exponerme al escarnio y desprecio público. La desidia y la envidia conllevan al hombre mediocre a vilipendiar al intelectual que produce y multiplica sueños e ideas innovadoras. No pocas veces he arriesgado mi vida en la desigual lucha que he mantenido en contra de los corruptos.
Alerto al pueblo en general no dejarse engañar ni manipular por quienes amparados en componendas deshonrosas y bajo la sombra del poder transitorio, pretenden enlodar mi nombre, mi trayectoria y mi obra, ya sea poética o ensayista, ya sea académica o educacional, campos en los cuales me he desempeñado desde hace 15 años aproximadamente.
El lunes 3 de enero pasado, falleció el encomiable jurista caroreño, Dr. Ángel González Lameda; cuando María – la secretaria de la Fiscalía Octava de Carora – me llamó a temprana hora de la mañana, para comunicarme la infausta y dolorosa noticia, un fuerte dolor recorrió mi alma. ¡Tantos recuerdos se amontonaron de repente!. A solas lloré y sentí su muerte; a solas lamenté la pérdida de un gran amigo. Ese día llamé a El Diario de Carora, poco antes del mediodía; me comuniqué con una de las secretarias y le dije que me diera el número de Fax, para enviarle una información periodística y un obituario. Después de las 4 de la tarde, triste y aún sorprendido, partí para Carora, a objeto de estar en el velorio de mi amigo Chichí González.
Esa noche conversé largamente con el Sr. Alfredo Rodríguez y el Dr. José Rafael Morón, y, sin imaginar siquiera lo que ocurría, hablábamos sobre los problemas de la corrupción y sus grandes tentáculos; sobre cómo deciden eliminar de la manera que sea a quien o quienes son obstáculos para llevar a cabo sus fechorías. ¡Qué lejos estaba de imaginar que la próxima víctima sería yo! Pero esto no me va a detener ni va a hacer mella en mi espíritu de luchador.
Me han contado que los vecinos de mi mamá, la familia Morón y otros, no dejan de rezar por mí, y no son pocas las cartas que recibo a diario alentándome y fortaleciéndome, para continuar luchando por un mundo mejor, donde prevalezca un verdadero Estado de Derecho y las leyes y principios universales se cumplan a cabalidad.
Tengo fe en que con la marcha de éste gobierno, desaparezcan las caricaturas y marionetas que mantuvieron en el pasado, al Poder Judicial, como la más débil de las cenicientas. Aspiro a que el Presidente Hugo Chávez Frías, limpie y depure los actos de corruptelas que agobian al país.
Ahora entiendo por qué el premio Nóbel de Literatura, Camilo José Cela, en un discurso de oportunidad, contó que su padre, a sabiendas de que él no era un destacado estudiante, le dijo, acertadamente: “Hijo mío, estudia, y, gradúate, aunque sea de Abogado”.
En este país, hace mucho desapareció el Estado de Derecho y la Justicia la manejan a conveniencia los falsos políticos, personeros de la mediocridad. Estoy preso. Ustedes lo saben. Pero también saben que podrán privarme de mi libertad; más no, de mi pensamiento. Aunque podría justificar mi rabia e impotencia, no siento rencor ni odio por nadie, ni siquiera por ese pobre infeliz que se prestó para hacerme daño. En el fondo sé que lo utilizaron como cualquier simple marioneta. Que Dios lo perdone. Dios bendiga a mis padres. Dios bendiga a mis hermanos. Dios bendiga a mis hijos. Dios bendiga a mis amigos. Dios bendiga a mi familia. Dios bendiga la poesía, porque gracias a ella ¡Estoy Vivo!

Nota Bene: Y seguiré viviendo mientras salga el sol, mientras en el más apartado rincón haya alguien pensando en mí, mientras exista el brillo misterioso en la mirada de mi hija Gregoria, y mientras me esperes tú... (con esa sonrisa angelical de siempre).

DON JESÚS: LE RECOJO EL GUANTE

“Nada hay oculto que no se llegue a saber “ (Mat. 10:25)

Mi muy caro amigo Don Jesús Meléndez: el Lunes pasado cuando fui trasladado a la Clínica Adventista (donde ha poco fui intervenido de una hernia umbilical y de una apendicitis aguda) a un chequeo médico, mi señora madre, me entregó una pequeña bolsa contentiva de revistas, libros y periódicos locales. En uno de ellos leí su mensaje. Me pregunta usted, si he leído la regia obra de Víctor Hugo: “Los Miserables”, y sí; mucho antes de cumplir los 18 años de edad, ya había conocido a Víctor Hugo, en la Biblioteca de mi hermana Daybo, cuyos libros muchos de ellos, hoy reposan en mí cuarto de estudio.
Le prometo volverlo a leer, pero cuando recobre mi libertad, que será muy pronto, gracias a un pacto que hice con el “Diablo de Carora” ; mientras era llevado al quirófano, logré recordar a Fausto de Goethe, y antes de cerrar mis ojos, hablé con “Don Tata” (como cariñosamente lo llamaba Don Luis Beltrán Guerrero) y le ofrecí a cambio de mi vida y de mi libertad, el alma...pero la de mis enemigos. Es por ello que con la ayuda espiritual del Hermano Domingo Sánchez; el Gurú que ha contratado Juandemaro Querales y los trabajos que me hace Don Oscar Querales, en la “Montaña de Sorte” y en la “Mansión Negra”, y con el pacto que he hecho con Luzbel, puede estar seguro que estaré bien de salud: un poco delgado, enfermo físicamente, pero con la mente ocupada siempre. Con lo que no estoy de acuerdo es con dos cosas: me aconseja usted, que le pele los dientes a los demonios que me rondan, pero no puedo cumplir su bondadosa petición. Pues, ¿con quiénes voy luego a entablar mis conversaciones? Y eso de dormir con un ojo cerrado y el otro abierto, no lo hacía ni cuando... (¡uyyy! Por poquito digo su nombre) me decía “Leonardo, si llama fulanito de tal, dile que estoy trabajando, dile cualquier cosa” ,mientras tal zutanita se iba de parranda. Lo otro que me inquieta es que aún mi silla está vacía. Ello era lo que me temía. Usted sabe más que nadie que mientras el Dr. Querales Alvarez se mantenga viviendo en la Victoria (menos mal que ya se viene a vivir como todo un godo negro a Carora) y yo preso, algunos de los consejeros del Ateneo de Carora, deben llevar la batuta. Debe darse cuenta que Jesús Enrique León (si, ya sé lo que va a decir, que fui yo quien dijo que Jesús Enrique León “era el mejor poeta de Carora” ¿Arrepentirme? No, ¿Acaso ser misericordioso con alguien que se levanta de madrugada a caletrearse dos o tres poemas de Orlando Pichardo o de Jesús Enrique Barrios, para luego dictarle tallercitos a centenares de niños sin enseñarle nada de literatura, no le abona a uno pecador el camino al cielo?) está apoderándose de un buen espacio cultural, porque ninguno de ustedes, ha hecho nada para impedirlo. No importa: ocupen esa silla, que yo al salir, aunque sea en un tobo me siento.
Por otra parte, me agrada que siga estudiando a Jorge Luis Borges (por cierto: cuando vea a la Dra. Doraima Jayaro Yánez, dígale que al salir le pago la obra completa que me trajo, porque de tanto leerla, analizarla, me da pena entregársela en las condiciones en que se encuentra; y más pena me da, porque a lo mejor tiene que esperar un tiempito, ya que estoy más limpio que los bolsillos de Williams Villanueva); a Carlos Fuentes, Kavafi; a Marti y Mariátegui ; pero no dejen de leer a Maquiavelo (no, a ese no; me refiero al Maquiavelo que escribe en El Diario de Carora, ya que es el único columnista serio opositor, con que cuenta la ciudad actualmente); a Vallejo; a Ramón Palomares; Sánchez Peláez, Rafael Cadenas y por supuesto a Rimbaud, por quien el soberbio, genio de la bohemia Verlanie purgara condena, por haberle hecho un disparo, por esos celos y desviaciones sexuales que padece un político que tanto usted, como yo, conocemos. Me habla usted de Jesús de Nazareth y me cita un hermoso pensamiento. He tenido tiempo para leer unos libros religiosos: “El Camino a Cristo”, de Elena de White, obsequiado por el Capellán de la Clínica Adventista, y de cuando en cuando, leo una Biblia que me regaló el enfermero del penal donde me encuentro. No soy muy dado a la religión, pero sí creo en Dios. He tenido tiempo para leer y releer algunos autores, conocidos unos; otros no tanto; y otros conocidos aquí detrás de estos barrotes azules que me separan – temporalmente – de mis sueños.
Aquí en la prisión he leído el libro “Brota la Vida”, de Mumia Abu Jamal (Filadelfia 1954), o Wesley Coor, que es su verdadero nombre; el cual fue como lo señala Cormel West, en el prólogo – “encarcelado injustamente por un crimen que no cometió” y condenado a la pena de muerte, aún mantiene – como yo – su corazón y sus ideales incólumes, a pesar de permanecer desde el año 1982 en el penal SCI Green de Pennsylvania, EE.UU.
Me he reencontrado con Oscar Fingal Flahertie Wills Wilde (1854-1900), pues, el profesor Joel Suárez, quizás por lástima, me trajo un libro bellamente titulado: “Epistola: Im Carcere et Vinculis “de Profundis” magistral obra que escribiera Oscar Wilde – así a secas - mientras permaneció en prisión dos años por ser homosexual. Imagínese Don Jesús, si en Venezuela se aplicara tan abrupta y arcaica ley: ¡ese común amigo nuestro, hoy joven político, temblara de pavor!
De Wilde ya había leído: “El Retrato de Dorian Gray” (1892) o como le gusta decir a Juandemaro: “The Picture of Dorian Gray” y “La Balada de la Cárcel de Reading”, o lo que es lo mismo: “The Ballad of the Reading Gaol” (1898) y unos que otros poemas dispersos.
Otros libros que he leído, gracias a la benevolencia de mi hermana Raquel, han sido: “La Fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa”, ese mismo escritor que nuestro Presidente Hugo Chávez Frías, dice “que no sabe escribir y es muy bruto”, a pesar de haberse ganado todos los premios internacionales de literatura del mundo: “Un mundo feliz”, de mi admirado Aldous Huxley; “Provocaciones” de Herberto Padilla, quien dijera, muy acertadamente: “los mejores poemas siempre han nacido bajo la antorcha de los carceleros/ no hay historia que no tenga como fondo una cárcel”.
Me dice usted, Don Jesús, que no diga más que yo tenía amigos por interés. Tiene razón: nunca los tuve. Con amigos así ¿para qué necesito enemigos?
Si Don Ramón Gutiérrez se ocupó de esa clases de escorias, yo también lo hago, en mi libro “Cambio de garita”, que espero publicar una vez que este sistema judicial podrido y maloliente, integrado por corruptos, manipuladores y homosexuales, se cansen de las vainas mías. Usted, no se imagina Don Jesús lo despiadado y cruel, que cual calígula, puede ser un Juez sin escrúpulo, cobarde, y para colmo homosexual. Gracias por su mensaje; gestos como el suyo son los que me mantienen vivo; y me hacen recordar al bardo César Calvo, extraerlo de la memoria y decir con él: “¿Cómo no decir: La Vida que vivimos es clara y hermosa / como el aire / cuando todos los días / la vida es una mierda / cuando todas las noches / nos asfixian / y hay alguien / que envenena la lluvia / toda las tardes?”.

SOLAMENTE, LORENA PIÑERO

Los hombres de talento se asemejan a los grandes mostines, que no se preocupan de los perrillos y cuando un hombre es verdaderamente grande no responde a las críticas, porque sabe que el callar es el remedio para las sátiras”. Clemente XIV, Papa.

El profesor margariteño y altísimo bardo de elevado numen, Gustavo Pereira, en su libro “El Peor de los Oficios” , indaga, interpela, pregunta con un dejo de irónica tristeza: “¿Quién, entre los poetas de nuestro tiempo, en la casilla correspondiente a profesión u oficio se ha atrevido a colocar la palabra Poeta?”. Yo, desde estas tierras larenses, me atrevo a contestarle: Solamente, Lorena Piñero. Efectivamente, Lorena Alejandra Piñero Olaizola (1977), no ha mucho parió – sí, así a secas: parió – dos pequeños hijos: “Tentaciones” y “Poesías y reflexiones de una sonrisa de Dios”, sendos poemarios editados por la Universidad Fermín Toro de Barquisimeto, de donde egresó el pasado año 2003, con el fastuoso título de Abogado. Sin embargo, su verdadero oficio, su verdadera profesión, es la de Poeta, con post grado en Sueños y Bienestar, summa cum laude, niveles académicos, que ya quisiera tener más de un mortal. Esta “Sonrisa de Dios”, como la llamó el Dr. Jesús Antonio Herrera, nació con parálisis cerebral, terrible enfermedad neurológica, que no ha podido vencer, ni vencerá nunca, la fortaleza de un ser tan especial que bien puede ser comparada con los ángeles que Rainer María Rilke coloreó en su poesía. La vida no es más que un juego de palabras .Sin sofismas ni dogmas. La búsqueda de la palabra es un incesante desafío en la obra poética de Lorena Piñero. Íntimamente, sin saberlo ni proponérselo, ha logrado conocer a Dios. Cierto que el deseo poético, la técnica de Lorena Piñero, desordenada como es natural en todo bisoño vate, se resigna a leves expresiones, cotidianas, habituales, arrinconadas en un lenguaje literario pobre en formación, insatisfecho en signos. No obstante, felizmente, o, desgraciadamente, para decirlo al estilo de Jorge Luis Borges, la autora de “Tentaciones” tiene talento, dosis suficiente que le permite diferenciarse del hombre tradicional. Si no abandona la investigación literaria, la estética de su prosa, seguramente, tendrá un lugar muy privilegiado, en el mundo literario venezolano. De una breve lectura a sus libros, descubro que la poesía es el instrumento que Lorena Piñero esgrime – si cabe el término – para sobrevivir a los vaivenes de la vida. Ha hecho de la palabra su escudo protector, y como armas utiliza el amor, la comprensión, el perdón, sentimientos que, difícilmente, emergen hoy en día en cualquier ser humano. Hay expresiones, dudas, y una transpirada angustia, dispersa en ocasiones, en las reflexiones poéticas de Lorena Piñero, que eso es, al fin y al cabo, lo que constituyen: reflexiones. El poema, ya llegará en su justo momento. No hay que desesperarse. Lorena Piñero, así lo entiende y lo sabe. Hay un mundo por delante, lleno de “tentaciones” y de “sonrisas de Dios”, sólo falta encontrar y hacerse el camino. Yo sé que Lorena Piñero, un día de estos, el día menos esperado encontrará el camino de la poesía.

Post Data: El 27 de febrero un grupo de abogaditos peorros caroreños, que a pesar de tener varios años de graduados no tienen ni siquiera una oficinita propia, “penalistas” porque dan pena, en la panadería de UFT, hicieron unos comentarios malsanos que relacionan a la Dra. Lorena Piñero con mi persona. Yo quisiera leer algún día un libro escrito y publicado por ellos. Quisiera leer algo original de ellos, aunque sea un escritito judicial. Pero sé que me moriré con las ganas. Porque a esos infelices les falta lo que a Lorena Piñero le sobra: ¡Talento!.

HASTA AHORA EL INSOMNIO ME DISPUTA

Ya nadie me tiende la cama. Ni golpea o llama a la puerta para ofrecerme un palo del Viejo Par, o para decirme que la fiesta ha terminado. Ahora es el sonido seco y fulminante de la peinilla del gendarme que me recuerda que debo levantarme y moverme como un animal más: no me sorprende ni me impresiona la rabia del carcelero. Procuro mantener en el anonimato el niño que llevo dentro. Sigo aterrado y con los ojos abiertos. Los fragmentos de lo que era mi rostro, aún permanecen esparcidos en el suelo, y como sierpes hipnotizadas, van y vienen, suben y bajan, por toda mi celda, sin encontrar el temor ni las frases rotas, que me acompañan desde hace nueve meses. Ya nadie recoge mis libros ni me quita las medias, cuando excesivamente masturbado por el güisqui que degusto a escondidas en El Páramo, llego a mi casa y soy tomado de la mano por mi diminuta y testaruda princesa, a quien coloqué el nombre de mi madre, para no olvidar jamás a la única mujer que me ha querido como soy: “No tomes más, hijo, recuerda que el aguardiente te hace daño. Venga, hijito, tómese un vasito de jugo de tomate para que se le pase el ratón”. Ya nadie me dice: “Papi, te amo mucho”, como me dice mi hija Gregoria Urbana, mientras tengo que soportar una lluvia de truenos por parte de mi mujer: “Si sigues tomando, te vas a morir como un perro”, “Acuérdate que hay que pagar el colegio de los muchachos; hay que hacer mercado, pagar la luz, el teléfono y comprarle la comida a Pikachú”; “Tú eres muy tonto, no te das cuenta que los amigos que tienes es por interés, te la pasas ayudando a todo el mundo, ya verás; algún día me darás la razón...”
Me estremezco cuando descubro que mi hermosa bruja dio en el clavo. Muchos de mis amigos murieron, o, al menos, eso creo, pues desde que me cortaron las alas de la libertad, he estado sujeto al olvido. Es curioso: la duda acentúa mis ganas de vivir. Se lo debo a mis hijos. El olor a café recién hecho me apasiona. Las piedras que mis enemigos me han lanzado, he ido recogiéndolas, no para devolvérselas, sino para hacerle una capilla al pequeño ángel de cara mocosa, que de cuando en cuando, llega a mi ventana, para recordarme la sonrisa pícara e ingenua de mi hijo José Leonardo.
No es fácil estar cerca de Dios, sin que uno esté convencido de que es santo. Yo, al menos, lo soy. Mis pecados son pocos. Soy un santo que gusta de hacer el amor con diablas. No imagino mi vida sin la presencia del mejor maestro y mejor amigo que he tenido en mi puta vida: Leonardo de Jesús, mi hijo mayor. El sabor a lefaria ejercita mis sentidos. Donde hay cactus, la carne engendra vida; acumulo risas y besos, para dárselos a mis hijos, cuando ya la tempestad haya pasado. Me río de lo que dicen de mí mis enemigos. Sobre todo, me río de lo que dijo de mí, ese pichonzuelo de periodista, ahora convertido en todo un farsante de la política, en una televisora regional, y eso que, lo que medio sabe, lo aprendió de este cómico de la lengua. Me provoca decirle, como cuentan que le dijo Vale Chico Franco, a un conocido empresario caroreño: “Bueno, y como por ahí dicen que tú das la cagalera, y yo no digo nada”. Quisiera darle las gracias a mis cancerberos por mantener la soledad en el ataúd de siempre. Me arañan las paredes del estómago. Es la dieta que me ha impuesto el carcelero. “¿Cuántas mujeres te han venido a ver, Leonardo?”, me preguntó mi hermano Luis Alberto Meléndez, la última vez que vino a traerme una bolsa de caramelos y diez mil bolívares, “para que no andes limpio”.
Si supiera que aquí todo me lo controlan. El carcelero sabe quién viene a verme, y a quién debe dejar pasar, sin sospecha alguna. ¿Cuántas mujeres he tenido? Muchas y pocas. Pero eso fue hace años, cuando yo era un soberano vagabundo que se dejaba seducir fácilmente por mujeres casadas, divorciadas, viudas, solteras, blancas, trigueñas, negritas, bembonas, culonas y tetonas; eran los tiempos en que me dejaba manipular por mujeres con poder, llegando a ser, no sólo su queridísimo amante, sino también su insuperable cabrón. Ya no. Juro que no. Ahora soy fiel. El más amantísimo y fiel de los esposos. ¿Y quién no, en mi condición?, se preguntará el desocupado lector. En serio: desde hace mucho tiempo soy fiel. Descubrí que es lo mejor. Ninguna de las ochenta y seis mujeres que tuve en mi pasado amoroso ha venido ni siquiera a traerme un paquete de galletas “Club Social”. Hasta ahora el insomnio me disputa la tristeza que siento por no tener a mis hijos conmigo; a Gregoria Urbana retozando encima de mi barriga; a José Leonardo, acariciándome la frente; mientras Leonardo de Jesús, me lee su tarea diaria.

CAUPOLICÁN, LISCANO, USLAR: FEBRERO LUCTUOSO

El país ha perdido a tres de sus más celebres hijos: Caupolicán Ovalles (1936 –2001); Juan Liscano (1915-2001); y, Arturo Uslar Pietri (1909-2001), y el gobierno no ha sido capaz - ¡Qué sordidez, Dios mío! – de decretar oficialmente un acuerdo de duelo nacional. Bueno, sí el Poder Ejecutivo no lo hizo con el fallecimiento del Cardenal su Eminencia José Alí Lebrún, también preclaro hijo celebérrimo de Venezuela – ahora “Bolivariana” – y Príncipe de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, qué puede esperarse, para quienes no tenían otro poder, que el de la palabra: hablada y escrita. Las letras hispanoamericanas y los hombres de pensamientos, venezolanos, han perdido, en éste mes de febrero que está por concluir, a tres grandes paradigmas de la literatura universal. A los que se acerquen a las obras de Caupolican Ovalles: ¿Duerme usted, señor Presidente?;Elegía a la muerte de mi padre Guatimocín ; Yo, Bolívar Rey, por caso; a las del tantas veces laureado humanista, con quien Don Guillemo Morón, el Gallo de Oro de Carora, nunca pudo congeniar, Don Arturo Uslar Pietri: Las lanzas coloradas; El camino del dorado; Letras y hombres de Venezuela; Tierra Venezolana; La Visita en el tiempo; Valores humanos; De una a otra Venezuela; y otras que el aislamiento que actualmente vivo, me persuade no recordar para que el autor de El Catálogo de las Mujeres no se sienta ofendido; los libros del genial y multifacético bardo Juan Liscano: “Cármenes” – de todos sus poemarios es el que más gústame releer, una y otra vez, sin agotamiento, apasionadamente –; El Origen sigue siendo; Nuevo Mundo Orinoco; Fundaciones; y tantas otras, que no merecen la suerte de ser aisladas por estos sabihondos “revolucionarios de la cultura”. Cuando uno oye al Presidente, Teniente Coronel retirado, Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, decir que el novelista y no menos académico, Don Mario Vargas Llosa, “no sabe escribir y no sabe nada”, y recomendarle a la juventud no leer ninguna de sus obras, bajo éste pintoresco cuadro, que retrata la degradación gubernamental, no queda duda alguna, el por qué de las “razones” de no emitir siquiera una modesta opinión, por parte del Ejecutivo Nacional. Y pensar que fue en el Ateneo “Guillermo Morón” de Carora, donde por vez primera se le rindió un homenaje auténtico y desprendido, al hoy Jefe del Estado Venezolano. En algún lugar de su casa, o en algún salón de Miraflores debe estar un hermoso cuadro coloreado por esa admirable artista del pincel que es Chanita Colombo, entregado por ella misma, a quien hoy menosprecia la cultura. Don Arturo Uslar Pietri – quien sin duda merecía el Premio Nóbel de Literatura – se preguntaba – en su discurso de Incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua Correspondiente de la Real Española: “¿Existe una literatura venezolana? ¿Qué país es el que ha expresado nuestra literatura?” Nunca imaginó el autor de Treinta hombres y sus sombras, que mucho tiempo después de haberse formulado esas dudas, el viento menudo – y no pocas veces – satírico, las traería de vuelta, teniendo hoy una desenfrenada y palpable realidad: La muerte de la Inteligencia. A Caupolicán Ovalles lo llamaron “Loco”; a Uslar Pietri, “Oligarca”; y a Juan Liscano, “Escritor Burgués”. Imagino que ahora los quinta-republicanos recomendarán leer las obras de Tarek Williams Saab y tener como libro de cabecera a “El Oráculo del Guerrero”, increíble y profunda obra filosófica, que Descartes (Discurso del Método) y Erasmo (Elogio de la locura) envidiarían, por su elocuencia “histórica”.
A la hora de hablar de los mejores humanistas del siglo XX venezolano, habría que ser realmente indigno y ajeno a la verdad, para no comenzar por: Luis Beltrán Guerrero; Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri, en ese orden, sin importar la tradición ni el método científico; mucho menos las generaciones que los unían y separaban al propio tiempo. Para los consabidos estudios críticos, están los analistas literarios. Juandemaro Querales, Simón Alberto Consalvi, por caso. Cuando se escriba la biografía de la poesía venezolana, dudo mucho que alguien olvide la conspicua expresión poética, el sentimiento encendido y el imperecedero verbo de Caupolicán Ovalles: “desaparezco y aparezco en el momento menos previsible” (Confesión plasmada en una entrevista que le realizará la periodista Miyó Vestrini – Citada por Ruben Wisotzki, El Nacional. Pág. C, 24/02/2001).
No tengo a la mano ningún libro de Juan Liscano. El carcelero que vigila mis pasos, de cuando en cuando, requisa mis cosas personales. A escondidas saco lo que escribo. Los libros asustan y comprometen. Por eso los que me traen los devoro rápidamente y se los entrego a mi esposa los domingos. Muchas páginas se han perdido. Una que otra cosa memorizo para cuando esté de nuevo frente a mi vieja máquina Olivetti. Con Carlos Molina, un joven escritor maracayero, con quien comparto el pabellón “C” del área de observación del Centro Penitenciario donde me encuentro, intercambio alguna expresiones. En estos instantes mientras transcribo éstas líneas, le pregunto si ha leído algún poemario de Juan Liscano y su respuesta pronunciada con una atenuada timidez indica que nunca ha tenido en sus manos un libro de Don Juan Liscano. Recomiéndole leer “Cármenes”. Todo lo que sea poesía, todo lo que sea literatura, en Venezuela, podría decirse que suena a Juan Liscano. De ésta manera lo percibo, porque mientras exista la palabra, perdurará el elevado pensamiento – modernista, clásico, contemporáneo, cosmospolista – de Don Juan Liscano.

MARISOL CON PIEL DE BARRO

Me han llamado mucho la atención las pendejadas que el flamante presidente de la Asamblea Nacional, periodista Willian Lara, escleróticamente señala acerca de una muy probable reforma del Código Orgánico Procesal Penal. “La reforma no es la vía”, responden Don Elio Gómez Grillo y Don Jorge Rosell Senhenn, padre del Derecho Alternativo en Venezuela. Alberto Arteaga Sánchez confunde con su grandilocuencia. Digámoslo de una vez: es una soberana majadería atribuirle al COPP el aumento delictivo. Allí no está el meollo del problema; y esto, los políticos lo saben mejor que nadie. Detrás de esa cortina de humo se avecina algo catastrófico para el país. En otra oportunidad escrutaré aún más sobre este delicado tópico, porque no podemos olvidar que en esta Bolivariana República, “hay muchos dioses”, como diría el relevante escritor D.H. Lawrence. Me interesa hoy hablar de una poetisa caroreña cuyo nombre se escribe con piel de barro: Marisol Almao. No importa cómo, ni creo que el lector le interesaría saberlo, explicar de qué manera llegaron a mí, las copias de un manuscrito – sin título alguno – compuesto por treinta y seis poemas, con un hermoso poema, a manera de epílogo, del también rapsoda caroreño, y para más señas, esposo de la poetisa que ha logrado exacerbar mi ánimo carcelario: Don Ezequiel Daniel Vargas. En todos y cada uno de estos poemas hay pasión, amor, tristeza, abstracción, metafísica, erotismo, pesadumbre, y muy poco reflejan alegría y mucho menos exaltación por vivir. No conozco personalmente a Marisol Almao. Pero la imagino sencilla y con alma de pájaro; por algo es la esposa de Ezequiel Daniel Vargas, cuya producción poética ha sido olvidada por los mercaderes de la cultura del estado Lara. A la inquietud de Don Fernando Briceño Álvarez me adhiero, pues considero que el libro ontológico de Don Yeo Cruz – Imaginar la Distancia – han debido aparecer, además de los maestros Don Luis Beltrán Guerrero, Don Alí Lameda, Doña Lila Meléndez, vates de soplo poético altamente elevados, como Don Willians Villanueva, Don Juandemaro Querales, Don Giovanni de Jesús Crespo, Don Wilson Álvarez, Don Ezequiel Daniel Vargas, y tantos otros que ignoro u olvido, pero sin dejar de mencionar, por supuesto a Doña Marisol Almao. Sin embargo, alguien me dijo ha tiempo que, precisamente, para eso son las antologías: para agrupar a los escritores o poetas preferidos por el antologista, sin importar la calidad ni la cantidad de la obra producida por el escriba mencionado. Me ha interesado la poesía de Marisol Almao. Aunque excepcionalmente no me ha gustado uno que otro poema suyo. Detallo en ella un amor agresivo digno de la poética nerudiana. Temática porno-erótica no contemplativa. Original pero no realista. Me atrevo a asegurar que su lectura ha sido limitada. Muy limitada. No de otra manera encuentro la repetición de fórmulas en decadencias, desplazadas, indebidamente utilizadas por quien respira y transpira poesía. Si no me creen, ahí les dejo estos versos de Marisol Almao:

Tengo hambre de ti
Del sabor de tu boca
De tu lengua ávida
De pasión, de tus ojos
Recorriendo mi cuerpo
Desnudo, de tus manos
Queriendo penetrar a lo
Más profundo de mi ser

El misterio de lo profano , el mito y la religión no les son ajeno. No en vano la poetisa en un airado y subsiguiente grito nos dice:

Aquí estoy esperándote
Con mis manos abiertas
Para que juntos recemos
Una oración a Dios.

Si Marisol Almao lograra trabajar la palabra, asistir con frecuencias a talleres de literatura, de poesía, acudir sin premura pero con devoción, a la lectura de Delmira Agustini, Gabriela Mistral, Antonia Palacios , para sólo nombrar a tres de mis más amadas poetisas preferidas, sin ningún dejo de dudas, su prosa – hoy en la mira del huracán – sería más iluminada e intensa, cercana a la eternidad.

Sólo de ella depende. Si los círculos de “Creaciones” literarias, las asociaciones culturales y ateneos, le han mentido, y no la han ayudado, como me confiesa en una carta, qué importa; ella, tiene como ejemplo a seguir , nada menos que a John Keats, quien denigraba de las asociaciones de escritores y de esas agrupaciones en que sedicentes poetas carecen de imaginación y talento, cualidades que a ella le sobran. Sólo le falta pulimentar. Nada más.

Quisiera seguir escribiendo; pero el mico que tengo como guardián me muestra su reloj, como diciéndome: “Ya es la hora de encerrarte de nuevo”. Lo miro pausadamente y río al recordar, brevemente, los versos de Don Rafael Cadenas: “Mi libertad había nacido tras aquellas paredes / El Calabozo Número 3 / Se Extendía como un amanecer / Su día era vasto / el pobre carcelero se creía libre porque cerraba la reja / pero a través de ti yo era innumerable”.

VIERNES DE “CÁMARA”

A Simón Tercero Camacaro Páez, In Memórian.

Otro día más; otra mañana más; otro ensimismado amanecer para hacer siempre lo mismo: levantarme a las cinco de la mañana y prepararme para el “número”.
Acostumbro colocarme en la quinta fila y ser el número 41. Para variar y sacar de la casilla tanto al compañero que tengo a mi lado como al gorila vestido de verde que se pega con su peinilla en la mano, a cada uno de los presos, para atemorizarlos y lograr que se equivoquen, y así poder decir a todo pulmón: “Usted, interno, salga de allí; me le dan un correctivo”. Siempre pronuncio mi número en forma deletreada “4 – 1”.
- ¿Qué dijo? – Interroga el sargento de la Guardia.
- “Cuatro – uno, señor, - contesto muerto de la risa.
- Para la próxima diga “cuarenta y uno”.

Al día siguiente hago lo idéntico y al parecer el cuadrumano y el resto de sus compañeros se han adaptado – salvo uno que otro – a mí “4 – 1” . En ocasiones, al pronunciar en forma ciertamente perversa el número que me corresponde, el compañero de al lado, se equivoca y dice en voz alta: “6”, en lugar de decir “42”.
En este penal – imagino que así deben ser los manicomios – existen personajes dignos de estudio y análisis psiquiátrico – yo entre ellos -. Por ejemplo: en éste propio momento en que escribo estas líneas, me encuentro sentado en el comedor del área de Observación, esperando a mi esposa para ir a “cámara” – entiéndase el tiradero – y me distraigo observando a dos individuos que se hallan sentados a unos pocos metros de donde estoy. Me pregunto, qué cosa estarán haciendo mis pequeños rufianes - - entiéndanse mis hermosos hijos – y viéndolos hablar me dan unas ganas de decirles que se vayan a “filosofar” a otro lado. Hay días que me molestan los discursos – científicos o deontológicos – que conllevan a preguntarme si estoy en una cárcel o en un salón de clases. Los Sócrates que están cerca de mí son: un ex inspector de la Disip, que en los años 70 se vio obligado a renunciar al organismo policial porque se negó a cumplir una simple orden: matar a un político izquierdazo de la época, muy cercano a Jorge Rodríguez, que estaba estorbándole mucho al gobierno. Gobernaba el Dr. Rafael Caldera Rodríguez. Nada menos: uno de los artífices “demócratas” que más ha luchado por los Derechos Humanos. Tiene cierto grado de inteligencia; precaria, pero de pensamiento veloz. Su interlocutor es un joven empeñado en ser escritor y quien a cada rato me consulta qué diferencia hay entre un poema en prosa y un soneto. Si supiera lo aburridísimo que es esa vaina, creo que no averiguaría más con sus rastrilladas y no menos latosas preguntas. Por maldad, por simple maldad, no ha mucho a ese joven escritor maracayero le dicté una larga lista de escritores europeos y americanos, incluyendo - desde luego - a caroreños, para que se hiciera de una profunda adquisición cultural. Si logra el comedido, tendrá dos caminos: ahorcarse a la orilla de una montaña maracayera o, finalmente, ser, lo que, el supremo cultor de la palabra, Don Argenis Rodríguez, quiso ser toda la vida: escritor. No me atrevo aventurar nada.

- “El mundo no existe” – Oyese decir al incipiente escritorzuelo Carlos Molina.
- “Es cierto: nada existe”, responde el ex inspector, un largo esqueleto viviente, con una frente tan amplia que, de momento, me recuerda el aeropuerto de La Carlota.

Hablan de extraterrestres, de fantasmas y para colmo de males, del Presidente, Teniente Coronel retirado Don Hugo Rafael Chávez Frías. Se levantan y se van. Los llamo y les digo: “Tienen razón: ésta mierda no existe”. Se ríen. Acércate. Sí, tú, acércate un poco más. Te confieso que no sé quiénes son más idiotas: ellos o yo. No, no te vayas. Ven, quiero confesarte algo: Sabes qué, algo me dice que el idiota soy yo. Se levantan. Se van. Veo que se van felices. Uno a fumarse el último cigarrillo que le queda; el otro, - te puedes imaginar quién - a continuar leyendo su última lectura: “Al fin libre”, de J. J. Benítez.
Me traen la prensa y el desayuno. Me observan los vigilantes. Me ven escribiendo. Sé que piensan que es sobre mi libro “Cambio de Garita”. Me río. Dejo de escribir. Comienzan a entrar las mujeres y supongo que por ahí debe venir mi hermosa bruja, en cuyos ojos se reflejan el dolor y la impotencia que me ha tocado vivir.

DON ELADIO RODRÍGUEZ, PRÓCER DEL TRABAJO

(Para el amigo, C/1. Adrián Flores, dedico)

Hombre de acrisolados valores morales y firmes principios cristianos, no ha hecho otra cosa, en toda su vida, que trabajar el campo. Desde muy joven comenzó a laborar la tierra. A cultivarla. En las haciendas Sicarigua, Sicare, Santa Rosa, consciente de su obligación para con su familia, empezó ganando un bolívar diario; más adelante, y ya adiestrado, en la hacienda de Don Napoleón Oropeza – donde también trabajó mi abuelo, Don Manuel Jesús Meléndez – logró ganar de tres a cuatro bolívares diarios. Cuando completó los 25 años se vino a vivir a Carora, de donde no sale sino para atender sus propias haciendas, y ver de cerca el ordeño de sus animales, los mismos que le producen hoy en día 800 litros de leche diarios. En la población de Cerro Verde, cerca de Río Tocuyo, nació un 26 de junio de 1927, éste hijo ilustre del estado Lara, venezolano que honra a Carora, como un Don Orlando Alvarez Perera, como un Don Francisco Olivera Palencia, y como un Don Pío Tua Aponte, hombres honrados, honestos, decentes, honorables, cuyas ideas y principios deben ser imitados por las nuevas generaciones que acrecientan estas tierras áridas y secas, asoladas y copiosamente ricas en ganadería, y en producir riquezas espirituales, y dar a conocer al mundo, no sólo el mejor vino, el mejor guitarrista, la mejor poesía, la mejor literatura, el mejor humanista de América, el mejor constitucionalista que ha tenido el país, el mejor historiador, los mejores periodistas, los mejores héroes de nuestra memorable independencia, sino dar a conocer al mundo, digo, las razones, de por qué Carora es considerada la mejor y más hermosa ciudad de todo el orbe terráqueo. Fruto del amor apasionado y efusivo de Don Nicolás Alvino Rodríguez y de Doña Restituta del Carmen Pinto Rodríguez, nació preñado de sueños un hombre cuya modestia conmueve, arraiga en uno ese sentimiento tradicional de la amistad, un hombre humilde que sin saber leer ni escribir, silencia con su enorme sabiduría. Don Eladio José Rodríguez Pinto, o simplemente, Don Eladio, casó para no ser casado, con Doña Adela María Meléndez Gómez, procreando una docena de hijos, sumados a tres más, de entrañables amores furtivos. Ceñido siempre a la verdad, no conoce el rencor ni la envidia, pero tampoco el miedo. Ello me consta, y puedo dar fe bajo juramento. A pesar de no pertenecer a ningún gremio o sociedad de ganaderos, su rostro surcado por el tiempo, inspira el más inmaculado de los respetos. Pertenece Don Eladio a esa estirpe de hombres, desgraciadamente olvidados por los personeros petulantes de los gobiernos de turnos, a esa legión de héroes anónimos, que trabajan sin descanso por