MasaiMasaiCuando Kur, el joven fenicio abrió los ojos estaba tumbado sobre la arena, su piel ardía, y sus labios estaban resecos.El brillo del sol le cegó. Por fin pudo incorporarse, una emoción le embargó el pecho. Al fondo vio la ciudad amurallada, la perla blanca de sus sueños, la Gadir de Iberia, la que llamaban la tacita de plata. Rodeada de mar brillaba con una luz azulada. Supo que había llegado. Comenzó a caminar a su paso dejaba los restos del naufragio, remos partidos como cañas, maderas talladas con cabezas de animales, velas rasgadas. Junto a otros cuerpos sin vida yacía el cuerpo inerte de su amigo. El joven Kur lloraba, de tristeza por sus compañeros vencidos por las olas y las rocas, lloraba de alegría dando gracias por haberse salvado. Vio venir una joven de tez morena, su pelo oscuro recogido en una trenza, sus ojos como azabaches tenían un fulgor que traspasaba. Su túnica blanca dejaba ver unas piernas mojadas por el agua. Caminaba a su encuentro, como si le hubiera estado esperando desde siempre. El joven fenicio tiritaba de hambre, de frío, de angustia, de emoción. Tiritaba sin poder evitarlo. Ella le tendió un pañuelo para que enjugara sus lagrimas, le cubrió con una manta y le tomo de la mano. El la siguió sumiso …

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