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Por sus emocionados maxilares
El 21 de diciembre de 2012 amaneció brumoso, detalle significativo para un día que se auguraba diferente a los demás, el run–run humano lo había cargado de características terriblemente definitorias.
El hombre que subió al pequeño mirador de madera aun vestía pijama. Un piso más abajo quedaba una mujer durmiendo, cierta extraña a la que conoció más de veinte años atrás.
El sujeto tomó asiento en un pequeño banco donde solía sentarse por las noches a viajar por las estrellas y bostezó. Luego de pasear la vista sobre los tejados cercanos la giró en todo su entorno buscando el horizonte.
Aunque la bruma dificultaba la visión lejana nada parecía anormal. Entonces miró hacia abajo, como si pretendiera atravesar con los ojos el piso que lo sostenía. Su imaginación adivinó a la mujer dormida y recordó que alguna vez la había amado, hasta es admisible que hubieran llegado a fundirse en un único ser y sus vidas dependieran del amor compartido.
¿Fue eso posible? En la actualidad era difícil aceptarlo, hacía más de un año que no mantenían contacto amoroso, conversaban con frases aburridas, de palabras escuetas y agónicos sonidos. Si alguna vez el mutuo contacto encendió una chispa la convivencia se había encargado de apagarla.
Esa falta de afecto provocaba que el hombre a veces soñara despierto. Solía imaginar un encuentro apasionado con otra persona, alguien nuevo en su vida, otro amanecer de esperanzas, aunque fuese brumoso como el que lo envolvía.
Esa persona la única particularidad que poseía era que lo amaba profundamente y se lo demostraba con cada célula, cada suspiro, cada gesto. Sabía de qué se trataba eso, alguna vez lo había palpado… ¿Con su mujer o con alguna otra?
No había una brizna de viento pero la atmósfera estaba extraña, densa, con un aroma que él habría definido como mezcla de todas las fragancias del mundo. Llenó de ese aire parco sus pulmones y descubrió al sol, tímido, pretendiendo abrirse paso entre la niebla que camuflaba al horizonte.
Entonces recordó la cápsula que le había dado su amigo y sonrió por creerse ingenuo. ¿Acaso la tomaría de su bolsillo y la depositaría en su boca? Rió de su candidez sin advertir que el cielo se llenaba de pájaros, todos volaban en la misma dirección. Uno de ellos graznó llamando su atención y entonces sí, la sonrisa se borró de los labios del hombre.
Su actitud cambió de inmediato y tomando la cápsula la depositó en su boca:
–Déjala allí y no temas, para que se rompa hay que morderla muy fuerte –había dicho su amigo –Si la tragas por error luego la eliminarás, pero significará que no podrás hacer uso de ella llegado el caso.
–¿Qué contiene? ¿No me dolerá?
–En absoluto, morirás sin darte cuenta. Se trata de un puñado de viejos elementos químicos dosificados en forma adecuada.
–¿La usarás también?
–¡Por supuesto! Me horroriza pensar en morir descuartizado, ahogado, aplastado… Tiemblo al imaginarme en una larga agonía sin recibir ayuda, o que las alimañas devoren mis miembros atrapados por escombros…
–¡Ni lo digas! Me ocurre exactamente lo mismo.
Un rayo de sol escapó del velo y le dio de lleno en el rostro y una ráfaga de viento aparecida de improviso lo hizo trastabillar. Abrió entonces sus brazos y fijó sus manos a dos de las cuatro columnas de madera que sostenía el minúsculo techado del pequeño mirador.
El sol ahora quemaba la vista elevándose apenas sobre el horizonte y el hombre debió desviar la mirada hacia un costado. La fuerza del viento comenzó a dificultar su anclaje a las columnas y se corrió hacia una de ellas, abrazándola. Advirtió que así como ascendía el sol, el horizonte también ascendía y se acercaba…
Pronto el horizonte cubrió al sol, en medio de las sombras el hombre respiró aire de mar. Su lengua jugueteó con la cápsula pero prefirió no apresurarse, su idea era morderla al primer síntoma de dolor.
Casi no tuvo tiempo de pensarlo pues el piso tembló bajo sus pies, la madera del mirador crujía y se distrajo tanto con eso que ni advirtió que aquél horizonte que se aproximaba era una gigantesca ola que arrancaba de cuajo el mirador.
Él cayó golpeando su cabeza con violencia contra el borde del banco y abandonado a la inercia del destino su cuerpo rebotó una y otra vez contra las tablas de las paredes.
El mirador con hombre adentro navegó, viajó lejos, cruzó montañas, rozó nubes, descendió al fondo de los océanos un par de veces, evitó icebergs voladores y volcanes en erupción y luego, harto de resistir la rebeldía de la Tierra, se recostó a dormir sobre la arena blanca de una playa tan remota como serena.
Una mujer, de hermosura desfalleciente, caminaba trastabillando por la orilla cuando advirtió aquel objeto estrafalario que las olas depositaron varios metros más allá. Su ropa estaba hecha jirones y su cuerpo, repleto de laceraciones y magullones. Aun así era una hermosa mujer y la tersura de uno de sus senos, descubierto, delataba juventud y fortaleza.
Notó que dentro de aquella estructura arrojada por el mar había un hombre. Recién cuando ella estuvo a cuatro o cinco pasos el hombre abrió los ojos. Se sentía mareado y confuso, no recordaba dónde estaba pero al ver a la mujer su corazón se llenó de inquietud y alegría. ¿Soñaba acaso? Cuando iba a elevar su mano para saludarla notó que algo le molestaba en la boca, quizás una piedra, para verificarlo mordió fuerte.
Félix Acosta Fitipaldi © 2010
Del ciclo “Relatos del fin del mundo”
http://participación.elpais.com.uy/dosmildoce

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