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Apostolado
UNO
Según los más viejos el ambiente literario de la ciudad había caído en un pozo de cortedad. Tiempo hace que claman por el arribo de una figura renovadora que irrumpa en el medio y puedan formarse corrientes de opinión y análisis sobre su excelsa prosa. También aseguraban, con lapidarios gestos de resignación, que construida con la madera conocida y a la vista sería milagroso si una balsa navegara. Tal vez tengan razón, lo que es indudable es que ellos sí están hundiéndose, soslayan lo bien que puede flotar una balsa de piedra si ha sido montada con buen criterio (Saramago mediante)
Escuchar tales comentarios me hacía dudar de mis aptitudes pues aunque soy joven hace mucho que escribo. ¿Acaso no podría llegar a ser yo esa nueva figura descollante? Por tal motivo trabajaba muy duro abrigando la esperanza de sorprender, al menos, a los seudo escritores del grupo que frecuento desde hace dos años. Y cuando digo que trabajo duro quiero decir eso, con todas mis energías y hasta la muerte.
La agrupación literaria mencionada consta de unas diez personas promedio, pues así como alguno se aleja siempre asoma un nuevo aspirante a escritor. Nos reunimos una vez a la semana, rodeando varias mesas unidas sobre un apartado rincón de la cafetería “Moz Art”. Allí intercambiamos opiniones sobre nuestros trabajos y aunque confieso que de algunos colegas jamás llegué a ver un texto, no es menos cierto que otros tanto me hartaron que he vivido mucho tiempo al borde de la histeria.
El dueño del lugar ha tenido la gentileza de instalar una pizarra donde anotemos ocurrencias, frases, pensamientos, poemas... Siempre miramos hacia ella buscando algo nuevo, inteligente, gracioso, irónico: y jamás falta alguno que se deslice solapadamente a escribir algo para sorprendernos. Yo nunca lo había hecho y comenzaba a creer que ya era hora, mas como me sucede a menudo, no hallaba argumentos tan contundentes como para dar la nota; tampoco podía permitirme anotar un desatino o una mediocridad.
A uno de los integrantes lo conocemos como "Dickens Castellano", seudónimo con el cual alega firmar sus trabajos, algunos casi secretos y otros muy desconocidos. Se trata de un ingeniero agrónomo retirado de nacionalidad inglesa, quien se jacta de manejar cuatro o cinco idiomas sin haberlos estudiado, cuando en realidad algo somero entiende de cada uno de ellos. En nuestro grupo es el más veterano, quien más ha leído y el que peor dialoga.
Una tarde, por primera y única vez nos confió un relato suyo. Mientras lo escuchaba recordaba su meliflua voz de sajonas reminiscencias en otra instancia: la de criticar con extrema justicia pero sin piedad cuanta letra cayera ante sus ojos. Jamás la había oído, sin embargo, desgranando elogios hacia alguna obra de nuestra autoría. Es posible que otros colegas también lo estuvieran aguardando sin ser tan jóvenes como yo pero sí mucho más inocentes.
En la ocasión de su lectura dije lo que pensaba. Primero, que debería escribir en inglés pues su vocabulario español es demasiado escueto, y elemental su gramática. Luego, en cuanto al relato, confesé no haber hallado verosímil al personaje: un asesino que como último recurso para pasar a la historia elimina a sus dos septuagenarios vecinos.
Pareció meditarlo y balbuceó que en realidad lo había inspirado el odio que intercambia con la pareja de ancianos que moran en la finca lindera. Y terminó exclamando en tono de broma: “¡Cómo quisiera librarme de miradas maliciosas!”
Tal vez el hombre venía demasiado esperanzado, pues cuando lo observé luego de dar mi opinión me destrozaron el corazón sus ojos vidriosos. Parecía muy abrumado, tal vez no por el peso de mi juicio sino debido al arrepentimiento por los vertidos por él a propósito de mis obras y también, por qué no decirlo, de las de algunos otros. Terminé acotando que era sólo un parecer y ser objetivo no es fácil, que no era el tipo de prosa con la cual me identifico y que otros habrían de opinar en forma diferente. Pero nadie encontró nada que agregar, tras lo cual accedió otra cabeza a la picota ante un Dickens con el filo mellado.
DOS
Un par de meses después el asunto estaba olvidado, incluso Dickens aparecía distendido y participaba en la forma que solía hacerlo. Los sucesos que ocurrieron posteriormente llegarían a preocupar a toda la ciudad, y tal vez se hubieran evitado si Dickens nunca hubiese existido. Varios integrantes de nuestro clan literario aseguran que todo comenzó a partir del texto que a manera de micro relato apareció en la pizarra del bar. Hacía rato que estábamos reunidos cuando alguien reparó en el escrito y lo leyó en voz alta:
"Enterado he sido por la prensa del condenado a muerte que habiendo publicado la memoria de sus crímenes del día a la noche es un best seller. Entre tanto yo, sin matar una mosca, llevo varios años escribiendo y no he vendido una sola de mis obras, ni publicado una mísera letra, ni encumbrado una frase atinada. Si no es incomprensible el espíritu humano he de ser malo, muy malo, peor que un asesino. Opípara será la última cena de tan aclamado delincuente... ¡Y yo seré su apóstol!”
Dio para algunas sonrisas, dos exclamaciones y un par de comentarios: ¡Extraño! ¡Qué enredo! Recuerdo que alguno sugirió que "he de ser malo", resultaba una referencia demasiado vaga. Que podría tomarse pensando en la futura posibilidad de serlo, dando lugar a suponer una incursión en la "maldad", incluso la extrema. O en la de ser malo en el presente y referirse a la actividad literaria desarrollada por el autor: "peor escritor que un asesino" y no más vil o perverso.
También se dijo que aquél convicto, sentenciado a la pena máxima habría escrito sus memorias con el único fin de justificarse y disculparse, restándole aguardar ser absuelto en el ámbito divino. Los escritores, en tanto, lo hacen para exhibir su arte ante los hombres, o al menos, como mera liberación de sus fantasmas. Quien esto manifestó fue el ampuloso Amadeo Salzburgo, a todas luces el mejor discípulo de Dickens Castellano y para quien la idea de adquirir riqueza mediante la escritura es una pretensión bastarda ajena al arte.
Se juzgó entonces que la esencia de ambos actos de escribir no podía ser comparada. Sin embargo, me costa que no siempre la esencia artística rige los actos de mis colegas, y he ahí la pericia para invalidar imperante en nuestro cenáculo, pues más de una vez he oído decir que lo profundo, por superar el nivel medio de comprensión, resulta elitista y poco rentable, por lo cual es con justicia desechado.
En definitiva, ninguno estuvo cerca de adivinar quién era el responsable del texto de la pizarra, pero varios atribuyeron la autoría a Dickens Castellano, tal vez por lo de los “varios años escribiendo”. Él negó ser el autor, pero lo cierto es que donde cualquiera de nosotros dirigía la vista aparecía Dickens con su mirada escrutadora y sus frases disonantes.
Poco tiempo después ocurrieron los crímenes, crueles, aberrantes. Las víctimas, previamente adormecidas con cloroformo habían sido estranguladas. Lo curioso fue que de sus gargantas extrajeron, apelotonadas, las primeras páginas de un libro. En nuestro entorno circuló como fehaciente la versión de que pertenecían a la biografía del sentenciado a muerte, aquella mencionada en el texto de la cartelera literaria.
Aunque la policía fue renuente a explicitar la existencia de las referidas páginas ello encajaba con el hecho de que el doble homicidio ocurriera en la casa aledaña a la de Dickens: las víctimas resultaron ser sus odiados vecinos.
El grupo murmuraba en corrillos discretos sobre la gran casualidad y similitud entre aquél texto de Díckens y la realidad: el cloroformo y la estrangulación fueron los métodos empleados en su relato. Tal vez las miradas recelosas lo alarmaron y dejó de acudir a nuestras reuniones. No tardó en trascender el comentario de su desaparición. Se manejaron dos hipótesis: el prófugo era el homicida, o él también había sido ultimado y aun no se hallaban sus restos.
Uno de los cofrades me hizo notar que Dickens, de macabra forma, nos había demostrado que el personaje de su relato sí era creíble. ¿Sugería que el móvil de Dickens, en caso de ser el asesino, eran anhelos de trascender? ¡Qué tontería! Le respondí que sería creíble si la causa hubiese sido la hostilidad que mantenía con las personas asesinadas, y que en el relato su autor no había incluído.
Estoy seguro de que si el amigo Castellano fuese en realidad el homicida y le preguntaran por qué lo hizo no sabría qué respuesta dar. Las bajas acciones que solemos cometer no siempre tienen sencilla explicación. Por eso no es necesario buscar siempre razones, lo único real, tangible, es el hecho consumado, irreversible. Y si algo hay para buscar ha de ser la forma de acomodar el cuerpo a las consecuencias sin que la realidad nos aplaste.
Creo que me he puesto muy oscuro... ¿Qué pensaría Dickens de mi razonamiento? ¡Ya sé! “A usted la que lo aplastarán serán sus dichos” (para ser fiel debí haber escrito “dichas”, mas sería interpretado como que soy el más feliz de los hombres.)
TRES
Seis meses pasaron, diluyéndose el asunto entre los casos sin resolver. Los miembros del círculo continuaban intrigados, buscaban en la prensa indicios de un asesino que estaba en las calles y del cual tenían la certeza que no era otro sino el viejo y agrio colega Dickens Castellano.
Por esa época escribí "Listo el listo", después de ser paseado por toda la ciudad por un taxista abusivo, y crucé los dedos para no correr la misma suerte del protagonista. También fue la primera vez que se me ocurrió que podría haber percibido una silueta escabulléndose entre las sombras próximas a mi casa. De ser así tenía que ser Dickens Castellano y que anduviera rondándome habría de ponerme alerta, pero sobre todo, debería comunicárselo a mis cofrades para hacerlos convivir con mis personajes. Lo haría.
Desde hace un tiempo mantengo gran afinidad con una de las tres chicas compañeras del grupo; poeta ella, muy romántica y sensual. Es tan bonita como para pasar desapercibido estando a su lado, pues su exuberante cuerpo llama la atención aun a otras mujeres. Por cierto, escribiendo me recuerda a Nerón, es como si tocara la lira mientras incendia el idioma.
Al parecer carga cierto arrepentimiento a raíz de su fracasado matrimonio y emplea con frecuencia la sentencia: “Nada hay más importante que una frase a tiempo”, aunque la oportunidad no sea demasiado propicia para expresarla. Cada vez que la oigo pienso en expresiones como: “No te vayas”, “Perdóname amor”, “Démonos otra oportunidad”. Las que no dudo en catalogar como las más frecuentes e inútiles frases a tiempo.
No pensaba tener con ella ningún romance pues jamás se me hubiera ocurrido que se fijaría en mí. Tampoco podría haber imaginado que algunas de sus “frases a tiempo” podrían resultar burdas patrañas. Pero uno a veces tiene esos momentos donde se nos nubla la inteligencia y cuando lo nota es demasiado tarde. Me dejé llevar por el deseo simplemente, y ella lo aguardaba como al agua necesaria para saciar la sed causada por sus hogueras.
Lo único desagradable del encuentro que tuvimos fue la mirada socarrona del empleado del hotel y su sonrisita capciosa. Mientras tomaba nota de nuestros nombres sus ojos delataban que moría por preguntar cómo pudo hacer un tipo joven y debilucho como yo para saborear semejante bocado de mujer. En tal caso debería atribuirle algo de razón, la mayor parte del tiempo hablamos de Dickens Castellano. El restante, de tan derretido que estaba tendido en su cama, lo pasé buscando consistencia... y luego de lograrla me corrí demasiado pronto.
Releyendo prensa de meses anteriores un integrante de la camarilla reflotó el nombre de nuestro prófugo Dickens al hallar lo que fue evaluado como punta de la madeja. Había aparecido un taxista asfixiado dentro de su automóvil; debajo del titular y de la fotografía del vehículo muy escasos fueron los detalles. Es posible que en su momento la noticia no despertara mayor interés, mas luego de mi comentario sobre el atisbo casual del supuesto asesino los sentidos de todos estaban alerta. Posteriormente hasta cuando escuchaban noticias de crímenes en el exterior creían ver la impronta de Dickens. ¡Bueno hubiera sido!
Un periodista amigo quitó las dudas a los pesquisas del grupo: de la faringe del taxista habían extraído la página número tres, siguiente de aquél innecesario libro escrito por un criminal.
–No se pudo decir en su momento, recibimos un pedido de mesura para bien de la investigación. –comentó. Yendo más allá confesó, tiempo después, que otra de las víctimas fue el conserje de un hotel y que la pagina hallada no era la que podía esperarse sino la de cinco lugares más adelante. Esto les permitía suponer que cual peldaños descendiendo al infierno deberían existir varios cadáveres más anhelando ser hallados. Por cierto, todos nos quedamos pensando en esas cinco hojas; osaría decir que sólo uno sabía la verdad, y no por tener imaginación precisamente sino diarrea.
Mi amiga conjeturó que recién lo sabríamos cuando Dickens publicara sus memorias. Me preguntó si no sentía temor y contesté que no, que aun no terminaban de convencerme las especulaciones que manejábamos. Dijo también que yo había sido muy duro con él y que tan importante como una frase a tiempo puede ser guardar un silencio oportuno, lo cual permitía suponer que así como sus frases también avanzaba su inteligencia.
Restando importancia le dije que no tan duro como él lo fue conmigo, cuando tuvo oportunidad de opinar sobre mi cuento "El iconoclasta". ¡Mire si iba a ser autobiográfico! Humillaba y ponía una mirada tan inocente que no dejaba dudas sobre la ironía de sus manifestaciones.
En la oportunidad Dickens además había agregado: –En sus relatos hay que ir mucho yendo atrás a reencontrar la huello –cosa que me interesó: –¿Eso no es malo, verdad? –pregunté casi con entusiasmo. Él terminó expresando: –Dicen que nada hay mala a la infinito paciencia de Dios, pero las lectores son humanas.
Más tarde sí creí sentir temor, no obstante, se trataba apenas de un toque de inquietud. Escribí el relato "Un rostro en la vereda" a raíz de un encuentro... del cual tengo la sensación de haberlo soñado. Subía al ómnibus al volver de la reunión y luego de sacar boleto lo veía allí, en el mismo lugar de la acera que yo abandonara. Si en realidad era él: ¿Por qué me seguía? Estoy seguro de que no era para adormecerme y hacerme tragar una página que yo jamás habría leído... No sería capaz, mucho menos que eso: apenas me señalaría con un dedo huesudo y artrítico y una frase gangosa.
Todos quedaron azorados la noche que narré la aprensión que había sentido al pasar a su lado, aunque yendo más allá del sueño agregue algunos ingredientes para darle color:
“De regreso caminaba distraído y sin apuro por llegar... Adelante una figura estaba detenida junto a un árbol. Me llamó la atención el animalito que tenía a su lado, al que creí un perro pues era sostenido por una correa. Al verificar que se trataba de un gato mi curiosidad creció y noté que lo paseaba un hombre, una sotana, un apóstol. Culminando la observación y pasando ante él, esa mirada, la de los ojos vidriosos me lo trajo de golpe. Sentí un torrente de hielo caer desde mi nuca y recorrer mi espina dorsal. Se me dificultaba continuar pero ladeando mi impávido semblante seguí el rumbo llevado. Me di prisa, confirmando a cada paso que no era seguido, y un siglo más tarde llegué a casa. Ya no tenía dudas, si tenía el talento de convencer a un gato de acompañarlo atado a una correa era capaz de consumar una maquinería homicida.”
Luego, ya en casa y sobre el filo de la medianoche comencé el relato: "¿Quién le teme a Dickens Castellano?", donde se narra el caso que nos involucra. Con él esperaba alcanzar un gran suceso, al menos dentro del grupo... pero quedó trunco ese mismo día en la novena página, y creo que su desenlace es imprevisible pues hoy día se me han quitado los deseos de elucubrar fantasías.
CUATRO
Sin aguardar un instante y por evitar que nos ganara el arrepentimiento, los que conocíamos del grupo a Dickens apresuramos la decisión de hablar con nuestro amigo periodista. Se entendió conveniente además acudir a la policía por si acaso les eran útiles los datos que pudiéramos aportar. Luego de reunir en una hoja los detalles que cada uno entendía de provecho, y tras largas disertaciones en torno a mi moción de que bastaba con que acudiera sólo uno de nosotros, se votó y Amadeo Salzburgo debió ser nuestro embajador ante las autoridades. ¿Quién más podría haber sido? Hasta yo lo voté.
A la semana siguiente todos llegaron con gran expectativa por saber el resultado de su diligencia. Mas quien jamás llegaría sería Amadeo, el desdichado copiloto del genio extraviado. La prensa no decía una sola palabra, pero consultado telefónicamente Antonio, nuestro amigo periodista, nos quitó las dudas: de la garganta de Salzburgo habían extraído la página número diez y el grupo perdía otro integrante.
En medio del estupor general entendí sensato asegurar que si nombrábamos a otra persona podría ocurrir lo mismo y más que nunca era imperioso acudir a las autoridades. Mientras todos permanecían expectantes agregué que mejor era no perder tiempo, y me ofrecí a ir de inmediato por Antonio para que me acompañara. Antes de que alguien pudiera oponerse salí como llevado por el diablo, temiendo además que de dudar un instante mi amiga exclamara alguna “frase a tiempo” para escoltarnos, y aunque me encanta sentirla cerca era mejor obviar el lastre innecesario.
Allí un oficial arrogante me preguntó: –¿Y por qué supone poder ayudarnos?
–¿Dónde lo buscan? –pregunté a mi vez –¿En bares, estadios, hoteles y cines?
–Procedimientos habituales –cortó secamente, emulando a Sérpico y corriendo el riesgo de terminar peor.
–Lugares repletos de gente y a los cuales jamás acudiría –dije muy seguro de cuanto decía. El hombre ablandó su rudeza y preguntó con interés: –¿Acaso el sujeto odia las multitudes?
Supe que lo tenía. Ya no le importaba ahora quien era yo, ni si conocía al “sujeto”, o por qué creía poder ayudarlo. Así que me senté, él hizo lo propio y el amigo periodista intentó sacar notas y fotos que no le fueron permitidas.
Lo que más impresionó al tipo duro fue mi referencia al cuento “El asesino”, donde Dickens predecía los dos primeros crímenes con lujo de detalles. Luego debí ampliar mi historia con otros elementos manejados dentro del grupo literario.
Aproveché la ocasión para recitarle dos versos de mi amiga que había memorizado para impresionarla y que determinaron el fin de la conversación; mas no omití alertarle antes de irme: –Los únicos lugares por los cuales no dejaría de pasar son esos sitios desolados, de escasa concurrencia, conocidos como bibliotecas y librerías. No soporta estar sin leer ni enterarse de las novedades literarias.
En una de ellas lo atraparon pocos días después. Curiosamente, había ingresado a preguntar si quedaba algún ejemplar del tan afamado libro de un condenado a muerte. ¿Es realmente tan ingenuo? Si hasta da la sensación de que buscaba pruebas para inculparse.
Ningún parte policial hizo mención a mi participación en el proceso, aunque es de lamentar que el periodista amigable se creyera con derecho a publicar su primicia, y él si hacerlo. Esa no era una forma adecuada de darse a conocer. Además, si alguien tenía alguna duda de que Dickens me consideraba su enemigo numero uno ese no era yo.
Tal cosa no me afectaba en absoluto: es un tipo listo pero no tanto como él se supone. Por ello me sentía muy distante del temor y asumí la audacia de ir a verlo. Después de todo con el hombre habíamos compartido innumeras disertaciones literarias. Incluso discrepamos con respetuoso brío cuando él revelara su convicción de que lo fundamental era el talento... claro, luego de asegurar que yo no lo tenía. ¿Podía quedarme sin tener una mínima conversación con Dickens? A su edad debería saber que el talento puede subrogarse con el esfuerzo y la tenacidad, y que por lo contrario, de nada sirven las aptitudes sin el tesón y el brío.
Así que fui a verlo a la cárcel. Aceptó verme y recorrí aquellos corredores sombríos. Para el juicio y los diálogos con su abogado solicitó un intérprete, al parecer temía que su lengua cometiera un desliz. Su causa y eventual juicio permanecían pendientes y entonces yo aun estimaba que la pena sería máxima.
Al ver sus ojos me golpeó de lleno su odio. No dudo que debió apelar a su natural flema británica para exclamar: –¡Carambo! El amigo diletante está aquí venido.
–Día a día mejora su vocabulario –manifesté, gratamente distendido pues la mordacidad ajena entibia mi adrenalina.
–Otras palabras tenga que pienso y nada digo.
–¿Algún motivo en especial?
–Mi gusto tener certeza; falta la uno por ciento para que yo la creo la infamia. Pero toda se arregla.
–Con la gramática no hay caso, pero bueno... Lamento todo lo que ha pasado. Si acepta mantener una buena conversación conmigo, yo gustoso.
Así que en media hora disertó sobre literatura y en cinco minutos explicó que nada tenía que ver con los crímenes que se le atribuían. Yo fingía algo de asombro y nada de escepticismo. Su versión era la del terrible proceso que comenzaba cuando advirtió que su pluma y los comentarios vertidos lo tornaba sospechoso. Sintió pánico y huyó, manejando toda la noche a su refugio en Lago Negro en busca de tranquilidad. No pensó que su acción sería tomada como huída y al enterarse de que era el principal implicado su pánico se transformó en locura. La única opción que vio fue la de todas las películas clase B: hallar al culpable y ponerlo en su sitio. Traté de ocultar mi sonrisa pero él la notó.
–¿No me cree, cierta?
–No, no; digo sí, sí le creo. Nadie más podría acompañar mejor sus sentimientos. Además no tiene idea con cuanta atención lo he escuchado, imaginando inclusive cada una de las situaciones.
CINCO
Iba a reunirme con los miembros de nuestro fantástico grupo pensando en la confesión de Dickens. Si mantenía la franqueza y tranquilidad que tuvo en nuestra entrevista no tendría problemas, era demasiado obvia su inocencia. Además, como no hallarían pruebas contundentes de su culpabilidad en un par de días quedaría libre. A mí, si no fuera por tener que volver a soportarlo, me hubiera dado igual.
No quería referirles eso a ellos, que aguardaban un nuevo capítulo oscuro con gran curiosidad. La verdad quizás llegara a desilusionarlos y yo soy escritor. ¿O acaso no es así? Decidí jugarles la broma de contarles lo que esperaban oír. De ese modo, el relato de mi visita resultó ser el siguiente:
"Aceptó verme y atravesé aquellos corredores sombríos. Al ver sus ojos me pareció sentir que me decían: –Estás en la lista de morosos –tal era su bonhomía. Luego se tornó jovial. Con impudicia me dijo que tenía todo en la cabeza y había comenzado a transcribirlo. Se le dificultaba la tarea debido a su rechazo a escribir en su lengua nativa, también a que su vocabulario hispano era demasiado escueto y elemental su gramática. Además manifestó que luego de redactarlo en español, él mismo realizaría la traducción al inglés, ya que además de tener mucho tiempo por delante su interprete le daría una mano. Cuando me retiraba sentí el fuego de sus ojos quemando mi espalda, y no habría dudado en asegurar que su rostro sonreía. Tendremos por lo menos quince años de tranquilidad por delante... a no ser que Dickens decida fugarse: entonces sólo nos restará buscar un buen escondite para que no pueda escribir el punto final a nuestra costa."
Quisieron saber más detalles y me asombré al notar cuantos sabía. ¿Qué no daría Dickens por tener un ápice de mi imaginación? Mi amiga estuvo por demás amigable y se vino caminando conmigo. Sentí como un agravio no invitarla a subir a mi piso aunque no hubiera sido necesario: cuando lo hice ella iba muy decidida rumbo al ascensor. Creo que si le hubiese dicho que iría por cigarrillos me habría pedido la llave para aguardarme arriba. En esos momentos sentí que tocaba el cielo con las manos.
Mi gata enseguida se familiarizó con ella; fue un placer imaginar que en breves instantes estaría yo dándole las caricias que el pelaje de Moñona deslizó en su escote cuando ella la sostuvo entre sus brazos.
–¡Qué dócil! –dijo –los felinos no suelen serlo con extraños. Vestía una falda negra muy corta y sus blancas piernas ofrecían un contraste irresistible. Completamente distraído seguí su conversación revelándole: –Le he enseñado varias suertes, es muy inteligente...
–¿Ah sí? ¿Y cuales? –preguntó. Entonces dudé.
Nadie las había presenciado. En las horas de tedio, mientras la inspiración no llegaba una y otra vez me empeñaba en que la gata llevara esto o trajera aquello: que se echara, diera vueltas, regañara... ¿Y qué mal habría en que mi amiga las disfrutara? No la creí capaz de armar la madeja, al fin y al cabo es mujer y ellas piensan sólo en el dinero y en jugárselas pesadas a los hombres.
No manifestó asombro hasta que le puse la correa a la gata. Me observó entonces de un extraño modo. Yo lo percibí pues sus ojos, en lugar de guardar un oportuno silencio hablaron muy a tiempo. Se puso mucho más blanca y se desmayó. –¡No temas literatura que no pierdes nada! –exclamé con pesar.
SEIS
Mi amiga no podía morir hasta que Dickens Castellano estuviera libre: él debería ser el asesino. Así que varios días la mantuve atada a mi cama con una mordaza que sólo retiraba para alimentarla. Mucho no me esforzaba en la tarea... ¡Para qué! Además, amordazada no podía repetir esa muletilla suya de la famosa frase dicha a tiempo.
Hablé yo, narrándole toda la historia. Mucho me fastidió contarle en cuan inmensa proporción disminuían la sutileza de mis actos aquellas cinco páginas, las cinco malditas que debí usar en el baño de un bar la tarde que estuve indispuesto.
Así que mientras pasaba el tiempo yo iba disponiéndolo todo. Tenía el sedante a mano y la página once ya arrollada sobre la mesita, sólo esperaba la noticia sobre la libertad de Dickens para proseguir. Y ella en un susurro musita a través de la mordaza aquél ineludible: –¡Te quiero!
¿Era posible? Nunca me lo habían dicho y tal vez por eso consentí su embuste. Por completo ignoré su técnica de manifestar frases oportunas y que “oportunas” para nada significan “veraces”. Pero debo aceptar que la dijo muy a tiempo, exactamente, y con la ternura necesaria.
Por esa imprudencia estaré aquí algunos años, ya veré luego de finalizar mi apostolado y quizás... ¿Por qué no? Antes de morir publique mis memorias.








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