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¡Ah! ¿Compraste coche?
Antonio era quien tenía menor sueldo y se compró un automovil usado. Era un modelo viejo, es cierto, que además se le quedaba en cada esquina y una vez por semana volvía a su casa con el remolque. Sólo se enteraron quienes lo vieron pasar.
Uno de sus compañeros, Bruno, tenía otra actividad fuera de la empresa y un socio robusto con el cual compraron un Fiat 600 a medias. Cuando viajaban juntos parecía que el vehículo transitaba el vía crucis, por eso cada vez que llegaban a algún sitio le palmeaban el techo con cariño.
El otro integrante del plantel de la oficina, Marcelo, no pensaba comprar coche, no le gustaba manejar y además no lo necesitaba. Pero Marcelo tiene un complejo de inferioridad tan grande que le impone sobresalir en todo y hacerse notar a cada momento.
Las conversaciones que mantenían solian derivar en el tema automotor, del cual Marcelo nada tenía para decir. Por esto comenzó sentirse en inferioridad de condiciones, a dudar de su existencia, a perder hegemonía... Máxime cuando el jefe también participaba en las charlas.
Aquél lo hacía con grandes ínfulas, pues además de ser el jefe y tener el mejor y más moderno automóvil era de aquellos que les pesa la baja estatura y necesitan constantemente compensarla de algún modo. En realidad, una versión más evolucionada del propio Marcelo.
Cuando atendía el teléfono y pedían para hablar con alguno de sus subalternos decía: –¿Es por asuntos de oficina? Si es por asuntos de oficina hable conmigo que soy el jefe.
¡Pobre! Todos los clientes le decían que no eran asuntos de oficina para no hablar con él y pedían con alguno de nosotros, entonces nos transmitían los pedidos en medio de risas y bromas. El jefe tardó mucho en darse cuenta y atemperar la imposición de su presencia, casi de seguro a raíz de que los clientes sobre fin de año eran cumplidos con nosotros, y con él: nada.
Bruno y su socio cambiaron su vehículo por otro mejor, y luego tuvieron cada uno el suyo. A veces venia el socio de Bruno y participaba de las charlas, opinando de las averías que tenían o habían tenido que subsanar. Con semejante paciencia todos escuchaban los consejos vertidos sobre mecánica –casi siempre obvios y consabidos– del jefe.
Y Marcelo allá, con sus cosas, en el ostracismo... Hasta temía llegar tarde y le preguntaran: ¿Perdiste el ómnibus? Le parecía hallar sorna en el tonito de las voces. Entonces se decidió a juntar dinero y comprarse un auto. Fueron meses difíciles, como nuestros sueldos eran bajos el sacrificio debió ser grande, e inicio del camino que un par de años después lo llevaría al divorcio.
Todo esfuerzo recompensa, y el mero hecho de realizarlo de a poco comenzó a rendir frutos. Que los demás se enteraran de sus intenciones le permitía participar en las conversaciones e incluso hacer algunas preguntas relacionadas a la mecánica, pues era inminente la necesidad que tendría de esos conocimientos.
Incluso se había acercado más a la jefatura... ¡Cosa importante para él pues había un cargo por allí que le interesaba! El jefe recibía sus preguntas orgulloso, se ufanaba de transmitir con prodigalidad su cuestionable experiencia, única circunstancia en la cual se permitía no ser egoísta. (Da la sensación de que el narrador no le tenía la mínima simpatía ¿no?. Pues así era.)
La suma reunida por Marcelo se fue acercando al monto aceptable para la adquisición de un coche, lo cual le permitió realizar consultas sobre marcas, precios y bondades de los mecánicos artefactos. Por ello no tardó en dominar el tema, inclusive explicando a los demás algunos aspectos que los otros tal vez no conocieran o habían olvidado.
Cada vez que iba a ver un coche al volver realizaba consultas telefónicas con otros amigos y compañeros que tenían auto, la excusa era conocer sus opiniones y recibir consejos en cuanto al modelo que más le convenía. Esta actividad desmedida dejó muy en claro que si compraba mal no sería por falta de consejos.
Al fin llegó con la feliz noticia que desde varias horas antes contenía para que no escapara de su boca en forma de grito mohicano: –¡Compré auto! –Y su sonrisa era tan grande que sus orejas parecían oficiar de señaleros.
–¿Dónde está, lo trajiste?
–No, está en lo de mi viejo.
–¿Por qué? ¡Queremos verlo!
–No sé manejar, debo ir a una academia. Vine en ómnibus.
Sí, pero ese era un detalle. Lo primordial estaba logrado y era propietario de un automotor, lo otro podía esperar un poco más. Además, venir ahora en ómnibus ya no era denigrante pues si así lo hacía se debía a su propia voluntad. Se lo volvió a ver erguido, de pecho inflado y con su andar de pingüino de siempre.
Llegó entonces la época en que mientras concurría a la academia llamaba a uno y otro amigo o compañero para hacerle alguna pregunta de este tipo: –¿Cada cuanto deberé cambiar el filtro de aceite? –o bien: –¿Cuál te parece el mejor seguro automotriz?
Siempre llamaba a quienes no estaban enterados de la noticia, y en la mayor cantidad de casos recibía la pregunta obvia: –¿Te decidiste al fin por un auto? Entonces Marcelo se explayaba con todo el currículo del vehículo y por supuesto, ningún conocido quedó sin responderle sobre el filtro, las bielas, el carburador, el distribuidor, el seguro y cuanta minucia afín pueda imaginarse.
Nosotros éramos testigos de que la pregunta que habíamos respondido un par de días antes se volvía a formular, y no sólo a otra persona sino a varias, cayendo al fin en la cuenta de que el afán no era buscar la confirmación a sus dudas sino divulgar su pérdida de calidad de peatón.
Tres meses después de que obtuviera la libreta era todo un experimentado chofer, crítico acérrimo de tanto animal que anda suelto conduciendo un arma mortal, y merecedor indiscutible –si lo hubiera– del premio "Volante de oro". Al fin la tranquilidad le permitía sentirse no sólo un igual, sino que parecía socio fundador del más rancio club de amantes de motores del mundo... Rectifico, del universo.
Mantenía largas charlas con el jefe, único a esa altura del que aceptaba información y con el cual parecía formar una dupla ganadora: piloto y copiloto. Por esa época fue que los clientes comenzaron a evitarlo, y nos preguntaban si la soberbia era contagiosa.
Llamó la atención un diálogo extraviado durante la calma de una tarde de invierno, cuando en medio del silencio de la Planta principal del edificio irrumpen unos pasos apurados y se deja oír una voz exclamando: –¡Cómo andás Marcelo!
Casi todos levantamos la cabeza con curiosidad y Marcelo, poniéndose de pie para mejor saludar a quien va pasando contesta: –¡Roberto! ¡Te toqué bocina y no te diste vuelta!
Y Roberto, inocente, exclama: –¡Ah! ¿Compraste auto?
Hubieron varias sonrisas, algunas risas y un par de carcajadas. Marcelo ni se inmutó.








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