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Retos de Sostenibilidad y Competitividad para Emprendimientos Sociales
Entre los aspectos críticos para los emprendimientos sociales, incluyendo los telecentros, está no solo la sostenibilidad de los mismos (contar con los fondos o aportes para su operación), sino también su competitividad frente a otras vías y medios. Es decir el poder mantenerse atractivos y de interés ante el público al cual se dirigen y tener una incidiencia significativa en su entorno.
En observaciones de campo que realicé el año pasado en, se detectó que los usuarios prefieren ir y pagar en los cibercafés, en vez de ir al telecentro gratuito, cuando el cibercafé ofrece máquinas y conexiones más rápidas, juegos en red instalados y facilidades para música, video y cámaras web.
Ahora bien, el problema para los telecentros al competir con los cibercafés es que, como se ha señalado, los cibercafés son negocios y su bottom line como se dice en inglés (o razón de ser) es generar un saldo positivo en cuanto a sus operaciones e ingresos. Los telecentros, tal y como los conocemos, tienen un objetivo un poco distinto, en tanto y cuanto buscan potenciar y empoderar a la población que sirven para que puedan mejorar su nivel de vida e impactar positivamente en el desarrollo de sus comunidades. Pero esto no implica necesariamente que no pueden ser rentables o tener una visión de negocios. Acá entra en juego lo que se conoce como el "double bottom line", en la cual una iniciativa busca no sólo tener resultados financieros positivos, sino también producir un impacto social positivo. Naciones Unidas va aún un poco más lejos, proponiendo, promoviendo y posicionando el concepto de "triple bottom line" consistente en gente, planeta y beneficios y cómo aplicarlo a nivel macro en las finanzas públicas. Si bien el concepto no es del todo nuevo y hace años que se habla de Retorno Social de la Inversión para este tipo de proyectos, lo novedoso es que hoy se reconoce cada vez más como un indicador válido del rendimiento de una institución, tanto para los proveedores de financiamiento e inversionistas, como para las instituciones públicas.
Pero quedan numerosos retos por delante en este aspecto, en particular en el campo de las regulaciones y modificación de las legislaciones vigentes en torno a la operación de las empresas que buscan producir un impacto social positivo. Actualmente, las autoridades fiscales de la mayoría de nuestros países reconocen dos tipos básicos de emprendimientos: las empresas y las organizaciones sin fines de lucro. Esto deja desamparados, sin un marco regulatorio y sin reconocimiento oficial, tanto a los emprendimientos sociales que buscan la rentabilidad económica (beneficios a través de ingresos operacionales) como medio para la sostenibilidad de sus operaciones, como a los emprendimientos comerciales que buscan producir un impacto social positivo y que determinan parte de sus ingresos para dichos fines.
En los últimos años, con el auge del concepto de "responsabilidad social", las autoridades han empezado a reconocer el rol que la empresa privada puede tener y está teniendo en el desarrollo humano a nivel local y nacional, otorgando créditos y facilidades impositivas u otras compensaciones oficiales. Pero esto puede, inadvertidamente, tener un impacto negativo en las organizaciones sociales que han venido prestando servicio a las comunidades durante largo tiempo e incluso afectar la competitividad de los emprendimientos sociales que buscan un beneficio económico como su fuente de sostenibilidad, ya que no se les reconoce como empresas e incluso la legislación existente limita el tipo de operaciones, servicios, cobros y manejos de sus finanzas que pueden realizar al ser organizaciones "sin fines de lucro".
Hay un amplio camino que recorrer y un trabajo urgente que realizar en el campo del marco legislativo y regulatorio de las organizaciones que trabajan para el bien social para poder llevar a cabo operaciones rentables (no solo sostenibles) y competir con la empresa privada, tanto aquellas que trabajan con el bottom line convencional de beneficios como las que hoy trabajan con el nuevo "double bottom line" y se insertan en el campo social y antiguamente exclusivo de las llamadas organizaciones no gubernamentales (ONG's).








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