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Gambeteando a la muerte (1)


By Alberto Auné - Posted on 02 Octubre 2007

A veces la muerte pasa a nuestro lado y no nos damos cuenta hasta que las cosas han ocurrido y reflexionamos.
La memoria trae recuerdos de situaciones que hoy, si bien lejanas en el tiempo, son cercanas en las sensaciones vividas.
Quiero recordar algunas de manera especial.
En 1978 la Argentina vivía una época en la cual la vida valía poco; dos bandos se habían enfrentado en una guerra sangrienta sin cuartel y uno de ellos, el entonces vencedor, gobernaba el país desquitándose a veces con inocentes.
A principios de año, una tarde varias personas armadas llegaron al lugar en que vivía y algunos fuimos repentinamente tomados, esposados y vendados.
Autos, ruido de vehículos, silencio... En esos momentos se vive algo muy especial; se tiene la sensación de que todo ha terminado y se extrañan las cosas hermosas de la vida.
Luego una celda, algunas preguntas... y silencio. La memoria guarda la oscuridad al caminar con los ojos vendados, cubiertos con el llamado "tabique", que si se caía la vida no valía un centavo; no podía sobrevivir quien pudiera identificar a los carceleros.
Varias veces por día alguien golpeaba la puerta de la celda y dejaba un plato de comida o algo para beber.
Sin embargo, lo peor era la noche. Algunas personas eran llevadas de su celda y ya no se volvía a escucharlas. Pero para ello se abrían todas las puertas, y a medida que se acercaba el momento de la propia se agigantaba el temor de ser elegido.
Así pasaron varias semanas. Una ventana pequeña y alta mostraba a lo lejos algunos colectivos cuyo recorrido conocía y sabía que estaba cerca de Ezeiza.
Casi sin hablar con quienes ocasionalmente compartían el pequeño lugar, por temor a una trampa, supe de un comedor enorme donde mucha gente almorzaba y cenaba levantando apenas su tabique y siempre, como todos, con los tobillos encadenados.
Una noche se abrió la celda y me hicieron salir. Había, pude escuchar, otras personas.
Subimos a un vehículo, y el temor se hizo presente unido a la resignación ante lo inevitable.
Sin embargo, al pasar el tiempo el vehículo, una camioneta, empezó a frenar respetando señales de tránsito. El ruido circundante de la ciudad se hizo mayor.
Nos hicieron bajar y nos pidieron que pasados unos minutos nos quitáramos la venda que cubría nuestros ojos.
Cuando lo hicimos, estábamos los pasajeros de esa camioneta solos en una calle de un barrio de Buenos Aires. Nos abrazamos sin poder creerlo...
Caminamos ya de madrugada, reacostumbrando nuestros ojos a la luz.
Más tarde pude ubicar aquel lugar, tristemente conocido como El Vesubio, en las cercanías de Ezeiza.
Muchas cosas pasaron en mi vida desde entonces. Algunas fueron muy difíciles. Cuando creía que eran las peores, volvía a caminar por aquel barrio donde me había reencontrado con la libertad después de varias semanas y todo tomaba su justa dimensión. Alberto Auné



Alberto Auné, periodista, escritor, investigador; vivo en Argentina y mis intereses son la política internacional, comunicaciones, internet.

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